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viernes, junio 20, 2008

RECOMENDACIONES DE LECTURA DE LITERATURA INFANTIL/JUVENIL PARA EL VERANO DE 2008

Esta vez he decidido dejarme vencer por la nostalgia y retroceder en el tiempo una pila enorme de años para llegar con la memoria hasta uno de los mejores momentos del verano: aquéllos en los que, mientras reinaba el silencio de la hora de la siesta de los mayores, permanecíamos sentados en el suelo de terrazo de una habitación en penumbra, con la puerta del balcón abierta y la persiana medio bajada para evitar que entrara la luz de aquel sol implacable y permitir que se colara por sus rendijas una exigua corriente de aire. Era el momento ideal para “devorar” aquellos libros que habíamos ido a buscar por la mañana a la biblioteca (mis favoritos de entonces eran los de Los Hollister) o al quiosco en el que el señor Barrachina vendía libros y tebeos tan “ancianos” como él mismo.

Así que mientras mi hermano rebuscaba en aquel mar de cajas hasta encontrar ejemplares de Roberto Alcázar y Pedrín, El guerrero del antifaz, Yuki el temerario o Hazañas Bélicas, yo me entretenía con los libros de la Editorial Molino, con los que descubrí a Agatha Christie y me aficioné a leer novelas de misterio.


Esta selección de lecturas está, pues, influida por esos recuerdos. Al igual que hice en mi anterior recomendación de novela negra, he pensado que también los más jóvenes pueden disfrutar de los buenos momentos que este género nos ofrece, con dos clásicos y una licencia que me he permitido, ahora que el blogmaster no me está mirando.


Sherlock Holmes y el caso de la joya azul
Basado en la obra original de Arthur Conan Doyle
Adaptado por Rosa Moya e ilustrado por Roger Olmos
Editorial Lumen
13,95 €


El diamante azul de la condesa ha desaparecido en el hotel Cosmopolitan. Un inocente detenido por la policía, un sombrero viejo y sucio y una oca sin dueño encontrados por casualidad, un vendedor de ocas en el mercado, una granjera... el doctor Watson nos contará cómo todos estos elementos permitirán a Sherlock Holmes encontrar la clave para descubrir al verdadero ladrón y devolver la piedra preciosa a su propietaria, utilizando de manera certera sus grandes dotes de observación y sus métodos deductivos. Los pequeños lectores van a quedar encantados con esta magnífica edición que nos ofrece la Editorial Lumen, no sólo por la excelente adaptación que Rosa Moya ha realizado del relato de Conan Doyle, sino por las impresionantes ilustraciones de Roger Olmos. Todo un regalo para los sentidos de más de un adulto.


Diez negritos
Agatha Christie

Editorial RBA Bolsillo
Colección Agatha Christie
5,5 €

Diez personas sin relación entre ellas aceptan pasar unos días de verano en la Isla del Negro. Invitados por Mr. Owen -alguien a quien no conocen, pero con quien, al parecer, comparten amistades- llegarán a una isla llena de misterios en la que descubrirán, desconcertados, que han sido juzgados y declarados culpables de determinados hechos ocurridos en el pasado que creían olvidados, y que su desconocido anfitrión ha elegido una forma un tanto peculiar de ejecutar sus respectivas sentencias, siguiendo las pautas de una canción infantil que empieza precisamente como el título de la novela. Una buena historia para iniciarse en la lectura de las novelas de esta prolífica autora.


Don Miki Especial Nº 1: Serie Negra
Guión de Tito Faraci y dibujo de Giorgio Cavazzano, en las tres primeras historias, y de una de sus alumnas, Silvia Ziche, en la cuarta.
Editorial Planeta de Agostini
9,95 €

Cuatro historias para que los más jóvenes conozcan a los personajes de los cómics de Disney y disfruten con sus aventuras, y para que nosotros recordemos cuándo fue que vimos por última vez nuestros preciados ejemplares de Don Miki, publicados, como ahora, con el material Disney producido en Italia. La lectura conjunta es, en estos casos, el mejor remedio contra la nostalgia. En Anderville el protagonista es un Mickey Mouse convertido en detective privado de una agencia de detectives de la que, sin saberlo, era socio junto con su amigo Sonny Mitchel quien ha desaparecido misteriosamente. En La larga noche del Comisario Cirílez, El inspector Cirílez al filo de la navaja y Mickey y el genio en la sombra, los protagonistas son, además de Mickey y sus amigos, los policías de Ratatópolis, el Comisario O’Hara, el inspector Cirílez y su rival, Rock Duro, sus confidentes y, como no, los malhechores de turno, con Pete Patapalo y sus secuaces a la cabeza.

Pasadlo bien y disfrutad de las lecturas.

Otras recomendaciones de lectura veraniegas:

viernes, junio 06, 2008

CORALINE de Neil Gaiman

Una de las mejores cosas que pueden hacerse los días de lluvia es quedarse en casa leyendo un buen libro, uno de esos en los que las cosas que se nos cuentan suceden precisamente porque diluvia y la protagonista no puede salir a explorar por los alrededores, viéndose obligada a permanecer en casa y descubrir que en ella habitan seres terroríficos que la obligan a enfrentarse a sus miedos o a sus deseos, según se mire. Y aun sin quererlo, el sonido de la lluvia y el color gris del cielo en el exterior recrean para nosotros la atmósfera idónea para encontrarnos, de nuevo, con una historia protagonizada por una niña y por una puerta que es mejor no traspasar: Shiori nos había llevado a releer por enésima vez Coraline, el relato sobre los temores de los niños y su capacidad para superarlos que Neil Gaiman empezó para Holly y terminó para Maddy, el que acabó considerando el más raro de sus libros y del que, sin embargo, se sentía más orgulloso.

La portada y las elocuentes ilustraciones interiores, en blanco y negro, de esta joya de la literatura infantil y juvenil, publicada por Ediciones Salamandra, son de Dave Mckean, el mismo dibujante que desde mediados de los años 80 ha trabajado codo a codo con Gaiman y se ha encargado de ilustrar y diseñar muchas de sus obras: Violent Cases, Orquídea Negra, La trágica comedia o cómica tragedia de Mr. Punch, Señal y ruido, El día que cambié a mi padre por dos peces de colores y, sobre todo, las portadas de la serie The Sandman.

Escrito en tercera persona, el narrador nos cuenta, con un lenguaje sencillo acorde con el público al que va dirigido (aunque las ironías, los sinsentidos y los dobles sentidos son más que evidentes en los diálogos), qué le ocurrió a Coraline tras mudarse a su nueva casa. Al llegar, ella y sus padres se encontraron de pronto en una antigua casa de tres plantas, con un gran jardín alrededor, un gato negro un tanto arisco y unos desconcertantes vecinos que se empeñaban en llamarle Caroline. En la primera planta vivían dos antiguas actrices, las señoritas Spink y Forcible, con un montón de terriers escoceses llamados Hamish, Andrew y Jock, mientras que, en la tercera, el excéntrico señor Bobo dedicaba su tiempo a adiestrar ratones de circo.

Las primeras semanas fueron las más interesantes, había tanto por descubrir que la niña pudo desplegar por todas partes sus grandes dotes de exploradora. Pero estaba claro que aquello no podía durar eternamente: las aventuras en el exterior cesaron cuando llegó aquella lluvia implacable que caía a chorros del cielo y con ella el aburrimiento de quedar encerrada en el interior de una casa en la que no había nada que hacer, con unos padres que, aunque trabajaban en casa con sus ordenadores, no podían estar pendientes constantemente de una niña que no sabía qué hacer con su tiempo.

Pero ocurrió que, en uno de los juegos iniciados a instancias de su padre, Coraline encontró una puerta que no podía abrirse. Su madre le contó que por aquella puerta condenada se accedía a un piso vacío que había en el extremo opuesto del edificio y que con anterioridad había formado parte de su propia casa. Al abrir la puerta la primera vez con la llave negra y oxidada, ambas pudieron comprobar que una pared de ladrillos impedía el acceso al piso del otro lado.

Sin embargo, después de que aquella sombra la despertara durante la noche y ella la viera desaparecer tras la puerta, empezaron a ocurrir cosas muy extrañas: soñaba con figuras negras de ojos rojos y afilados dientes que la ponían nerviosa, los ratones de circo del señor Bobo le mandaban mensajes (“No cruces la puerta”, decían) y los posos del té leídos por sus amables vecinas le auguraban tan terribles peligros que a la señorita Spink no le quedó más remedio que regalarle una piedra con un agujero en el centro para que la protegiera frente a las adversidades.

Esta perspectiva, lejos de amedrentarla, le infundió el valor suficiente para que la curiosidad dejara a un lado al miedo. Por eso, en cuanto sus padres la dejaron sola, Coraline cogió la llave negra y abrió de nuevo la puerta. Esta vez los ladrillos habían desaparecido sustituidos por la oscuridad de un pasillo que la invitaba a atravesar el umbral y a penetrar en un mundo paralelo en el que las cosas y los que allí vivían parecían ser los mismos que los que había dejado atrás, aunque no lo eran en absoluto.

Lo terrible no había sido sumirse en la oscuridad en la que algo se movía, sentir el ulular de un viento fantasmal, escuchar murmullos de voces extrañas dentro de su cabeza, notar que el corazón le latía con tanta fuerza que estaba a punto de estallar o saber que existía otra madre, de piel blanca como papel, de cuyas manos surgían unos dedos demasiado largos que no paraban de moverse, acabados en unas uñas curvas y afiladas de color rojo oscuro y cuyos ojos, como los de todos los "humanos" que allí vivían, no eran sino dos grandes botones negros y brillantes. Lo realmente aterrador había sido descubrir que había de jugar con ella a un juego siniestro para recuperar a sus padres y las almas de los otros niños encerrados detrás del espejo.

Y eso que, paradójicamente, y sólo por un momento, Coraline había creído que se había hecho realidad aquello que tanto había deseado: una comida deliciosa, unos juguetes maravillosos, unos padres atentos y cariñosos que le pedían que se quedara con ellos para siempre... pero que a cambio exigían algo que ella no estaba dispuesta a ofrecer.

En ocasiones, lo peor que puede ocurrir es que los deseos se hagan realidad, porque traspasada la puerta ya no hay vuelta atrás. Sólo se puede regresar si se consigue ganar el juego de exploradora propuesto, a sabiendas que la otra madre no tiene intención de dejarnos marchar ni va a mantener su palabra.

Esta novela llena de reminiscencias de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carrol -hay un gato negro que aparece y desaparece a su antojo (como el Gato de Cheshire); unos vecinos que confunden su nombre (como a Alicia, a quien el Conejo Blanco llamaba Mary Ann); una antigua puerta que abrir con una llave negra (una pequeña puerta que abrir con una llave de oro); las canciones de Coraline (los versos de Alicia); una puerta (un espejo) que atravesar para pasar al otro lado y llegar a un mundo repleto de personajes inquietantes...- no es solo un libro para niños (y para mayores que nunca dejaron de serlo).

"No se ha terminado, ¿no?", dijo Coraline: Los que disfrutamos leyendo la novela, y los que no lo han hecho todavía, podemos ver a nuestra heroína convertida en un personaje de cómic, gracias a la adaptación que P. Craig Russell ha hecho de la obra de Gaiman, y, proximamente, en la protagonista de la película de animación dirigida por Henry Selick (podéis ver dos trailers aquí y aquí) y cuyo estreno está previsto para principios del año 2009.

No hay que ser impacientes, ya queda menos.

domingo, marzo 30, 2008

NOVEDADES DE LA EDITORIAL LIBROS DEL ZORRO ROJO

Os comentamos varias novedades que la Editorial Libros del Zorro Rojo irá sacando durante el mes de abril.


Libros del Zorro Rojo presenta dos nuevos títulos de la colección «Cuentos del Mundo» en cooperación con la Asociación de Lectura Fácil. Elaborados de acuerdo con la normativa internacional de la IFLA (International Federation of Library Associations and Institutions) estos materiales están especialmente dirigidos a colectivos con dificultades lectoras y de comprensión.

El Pájaro de la Felicidad de Ramon Girona & Lluïsot. Los habitantes de un pueblo del Tíbet ya no recuerdan la última vez que fueron felices. El hombre más anciano del pueblo sí lo recuerda, pero nadie quiere escucharle. Nadie, excepto un joven pastor llamado Wangjia. Por eso, el hombre le pide: «Toma esta pluma y busca el pájaro al que pertenece. Así sabrás cómo es la felicidad». Al día siguiente, por la mañana, Wangjia emprende el viaje… ¿Queréis acompañarle?


La niña del día y la noche de Ramon Girona & Christian Iaraja. En un tiempo, en la tierra de los guarao, siempre lucía el sol. En aquella época, los guarao no sabían qué era la noche. Hasta que llegó un hombre con una bolsa… «Que nadie toque mi bolsa», dijo el hombre… ¿Qué escondía en ella? Preguntadle a Guauta… o, mejor, leed este cuento y saréis cómo los guarao descubrieron la noche.Por cualquier información adicional, no dudes en ponerte en contacto conmigoa este mismo correo.


También puedes encontrar más información aquí:
http://librosdelzorrorojo1.blogspot.com/2008/03/cuentos-del-mundo.html

Otras novedades de la editorial:

Zarah de Zoran Drvenkar & Martin Baltscheit
A partir de 8 años; 21 x 20 cm; 60 pp. Cartoné

Todo empezó hace muchas, muchas lunas, cuando un escritor y un ilustrador se encontraron en medio de un bosque tenebroso. Arropados por la oscuridad de la noche, se confesaron algún que otro terrible secreto entre risas, hicieron una hoguera con ramas y hojarasca e invocaron a los espíritus de la inspiración. Ya había pasado la medianoche, cuando de las sombras de las llamas crecieron monstruos y niñas monstruosas y, cuando parecía que ya no iba a aparecer nada más, se les acercó un ser hasta entonces nunca visto. El escritor lo bautizó con el nombre de Zarah y el ilustrador lo dibujó y le confirió una mirada fogosa y un genio intrépido…Nominado al Deutscher Jugendliteraturpreis 2008(Premio Alemán de Literatura Infantil y Juvenil)
http://librosdelzorrorojo1.blogspot.com/2008/02/zarah.html


El viaje de Kuno de Klaus Merz & Hannes Binder
A partir de 8 años; 25 x 20 cm; 32 pp. Cartoné

«Sale la luna e ilumina la noche. La sombra en movimiento de Kuno se proyecta sobre el asfalto. Kuno atraviesa el campo abierto y se desliza por los pueblos y por el barrio periférico de una ciudad sin hacer ruido. —Sobre todo no pierdas la calma –se dice a sí mismo dentro del casco».
http://librosdelzorrorojo1.blogspot.com/2008/02/el-viaje-de-kuno.html


Tom y el pájaro
de Patrick Lenz

Una historia en imágenes para niños y niñas a partir de 3 años.

Tom y el pájaro nos hablan con el lenguaje de las imágenes, que no necesitan de palabras. Ésta es la historia de una amistad. Una historia sobre la comprensión y el respeto a la libertad del otro. Una historia para soñar. Una cámara que mira el mundo a través de los ojos de un niño transforma a este álbum en una auténtica película de animación.
http://librosdelzorrorojo1.blogspot.com/2008/02/tom-y-el-pjaro.html


El Horror de Dunwich,
La edición ilustrada de una de las obras maestras de H. P. Lovecraft. http://librosdelzorrorojo2.blogspot.com/2007/12/lovecraft-2008.html

Un saludo cordial.

jueves, enero 24, 2008

LA INVENCIÓN DE HUGO CABRET de Brian Selznick

Uno de los libros de literatura infantil y juvenil más recomendados estos últimos meses ha sido La invención de Hugo Cabret. Una ya tiene su criterio, pero a veces no está de más fiarse del buen criterio de los demás (como el de Enrique Corominas, en este caso), mucho más duchos en estas materias, sea para descubrir novedades que de otro modo nos hubiesen pasado desapercibidas, sea para confirmar que, si ya habíamos empezado a mirar con buenos ojos un determinado libro, era precisamente por algo.

Y lo que yo vi en La invención de Hugo Cabret, con guión e ilustraciones de Brian Selznick, publicado por Ediciones SM (no os perdáis los tres vídeos promocionales y la interesante información que sobre esta obra podéis ver pinchando aquí), fueron un montón de posibilidades de lectura, pero sobre todo que ésta podía ser una experiencia que toda la familia podía compartir. La historia transcurre en París en 1931 y nos la cuenta alguien que la conoce muy bien, el Profesor H. Alcofrisbas.

Este grueso volumen que sólo los niños que desayunan Cola Cao cada mañana estarían en condiciones de sostener mientras lo leen, cuyas páginas, negras y con negros rebordes, son tan gruesas que casi parecen hechas de cartulina, el mismo material con que se confeccionó cierto cuaderno, uno de los protagonistas de esta historia, reúne la estética del cine mudo, referencias a películas de esa época y la peculiaridad de combinar texto y detalladas ilustraciones en blanco y negro de tal manera que ambos no sólo se complementan, sino que se sustituyen, como si unas fueran continuación del otro o como si las imágenes no fueran simples dibujos, sino fotogramas de una secuencia cinematográfica en la que se va pasando progresivamente del plano general al plano detalle, acentuando al máximo su capacidad expresiva. El lector puede dejar de leer el texto que describe la persecución de Hugo por el inspector de la estación; basta con “leer” las imágenes de los primeros planos de su rostro congestionado por el esfuerzo, sus piernas en posición de correr, sus tropiezos con los viajeros que llenan el vestíbulo, la mano que amenaza con prenderle..., mientras, de fondo, escuchamos mentalmente la música de un piano.

Que es un libro dirigido a un público infantil no tiene discusión. Pero si un niño que no sabe nada de la historia del cine comienza a leerlo sin la orientación de un adulto, probablemente se perderá toda la magia que desprende el libro y “sólo” verá la historia de Hugo, un niño huérfano de doce años que vive sólo en una estación de tren, en un pequeño apartamento al que se llega internándose por oscuros pasadizos existentes en el interior de las paredes a los que accede colándose por las rejillas de ventilación. A través de esos laberínticos pasillos puede recorrer toda la estación sin ser visto y, mirando por las esferas de cristal de los relojes de la estación, observar la ciudad, el ir y venir de los viajeros y los movimientos, sobre todo, del inspector de la estación, del viejo vendedor de juguetes y de la niña, más o menos de su edad, que lo visitaba siempre con un libro entre las manos.

El padre de Hugo había sido un “especialista en cronometría” que de día trabajaba arreglando relojes y de noche trataba de poner en funcionamiento un deteriorado y fascinante autómata que presumiblemente podía escribir (ya que sostenía una pluma y estaba sentado tras una mesa) y que había encontrado abandonado en el desván del viejo museo de la ciudad. Su padre hablaba con tal admiración de los ilusionistas que construían autómatas para encandilar a su público y dejarlo boquiabierto, que Hugo decidió que ya no quería ser relojero, sino mago.

Su padre murió en el incendio que se produjo en una de esas noches en las que trabajaba en el museo, y a Hugo no le quedó más herencia que una habilidad innata para reparar todo tipo de artilugios mecánicos, los trozos del autómata del que hablaba su padre y que Hugo pudo encontrar entre los restos del incendio, el cuaderno que le había regalado su padre por su cumpleaños y en el que estaban dibujados los bocetos del autómata que podía escribir, y la firme decisión de acabar el trabajo iniciado por su padre para que el muñeco fuera capaz de darle el mensaje que aquél le había dejado antes de morir, y que, estaba seguro, le salvaría la vida.

Su tío Claude, que lo había llevado hasta su escondite en la estación tras la muerte de su padre, le había enseñado a dar cuerda a los relojes y revisar sus motores y mecanismos para que funcionaran con precisión, ajustando la hora con la de su reloj ferroviario. Así que, cuando desapareció, pudo sustituirle en su trabajo sin que nadie notara no sólo la ausencia de Claude, sino la presencia de Hugo.

Sin embargo, ésta no pasaba tan desapercibida como él hubiera deseado. El viejo vendedor de juguetes, que había notado cómo algunos de sus pequeños juguetes mecánicos habían desaparecido, vigilaba los movimientos de aquella sombra que se colaba por las rejillas mientras hacía trucos de cartas o fingía dormir, hasta que un día la atrapó, liberando con ello sus propios fantasmas. Al ser descubierto, Hugo no sólo había perdido la posibilidad de conseguir las piezas necesarias para reparar el autómata, sino el cuaderno con las indicaciones necesarias para hacerlo. Aquella noche Hugo siguió al juguetero hasta su casa junto al cementerio y en contraprestación por lo perdido, conoció a Isabelle; gracias a ella, encontró la llave que descifraría el mensaje del autómata y conoció a Etienne; gracias a Etienne y a su moneda escondida, aprendió a ser lo que más deseaba con el “Manual práctico de magia con cartas e ilusionismo”, y gracias a Etienne y a su amor por el cine, descubrió el desconocido pasado de papá Georges sobre el que estaba prohibido hacer preguntas y cuyos secretos inconfesables no podían compartirse, ... dando comienzo así a nuevos relatos, “porque todas las historias llevan a otras. Y ésta nos lleva muy lejos, tan lejos como la luna.

Si La invención de Hugo Cabret la lee un niño con las indicaciones de un adulto, probablemente descubra tres cosas: La primera, que de entre los personajes de ficción que creó Brian Selznick hay uno, papá Georges, que se parece bastante a uno que existió en realidad, Georges Méliès, quien, atraído por las posibilidades del cine tras asistir a la primera proyección pública de los hermanos Lumière, llegó a convertirse en uno de los pioneros de la dirección cinematográfica. La segunda, que merece la pena apreciar en su justa medida las referencias a escritores como Jules Verne (¿hay acaso novelas más fantásticas que las suyas?) o Hans Christian Andersen (que escribió El Ruiseñor, un cuento sobre un pájaro mecánico), o a películas fundamentales de la historia del cine, no sólo de Méliès, que Selznick introduce en su novela. Y la tercera, que los mayores tienen un montón de experiencias sobre el cine que el pequeño lector no vivirá jamás, historias que contarle que le permitirán inmiscuirse en la que lee como si ésta no fuera ficción, sino que hubiera ocurrido de verdad. La lectura siempre nos aporta más de lo que a simple vista puede parecernos. Basta con saber leer entre líneas todas las historias que se esconden en ellas para que el recuerdo de la experiencia vivida permanezca por más tiempo que lo aprendido con la simple lectura.

Y es que yo soy de la opinión que la literatura infantil y juvenil no va exclusivamente dirigida a este público, sino (en el fondo, en el fondo, en el fondo) a los adultos que un día fuimos niños y jóvenes y lo continuamos siendo, al menos en espíritu. ¿Quiénes pueden entender lo que Selznick cuenta sino aquellos que crecimos viendo en la televisión fundidos en negro sin saber entonces que lo eran, aquellos que aprendimos a leer rápido los títulos escritos en blanco sobre negro, los que podemos recordar cuántas sensaciones hemos experimentado con el cine mudo, con el bombín, el bigote y el bastón de Charles Chaplin, la contraposición de Laurel y Hardy, el rostro inexpresivo de Buster Keaton, el vértigo que nos producía ver a Harold Lloyd encaramándose al reloj, los ojos de Mary Pickford, Gloria Swanson, Rodolfo Valentino, Douglas Fairbanks, el desasosiego de Metrópolis o El gabinete del doctor Caligari, el terror de Nosferatu, la ansiedad de El acorazado Potëmkin,...? ¿Qué niño de ahora puede ni siquiera imaginar que hubo una vez cines que no eran sino teatros, con nombres como Rex, Saboya, Avenida, Rialto, Condal..., con incómodas butacas tapizadas de terciopelo rojo, paredes estucadas llenas de máscaras y filigranas y una gran pantalla oculta tras un telón que cubría el escenario, en los que la ilusión de ir al cine iba siempre unida a la emoción, tras apagarse la luz, de escuchar el sonido del telón al abrirse y el ruido del proyector mientras duraba la película? Cines-teatros que ya no existen, sustituidos por grandes salas multicines ubicadas en centros comerciales en las afueras de las ciudades, que habrán ganado en comodidad y “surround”, pero han perdido todo su encanto. Una pena, francamente.

viernes, diciembre 21, 2007

RECOMENDACIONES DE LITERATURA INFANTIL/JUVENIL PARA REGALAR ESTAS NAVIDADES

Nos guste mucho, poco o nada, ya está aquí otra vez la Navidad, esa época del año en la que todo el mundo se lanza a comprar los regalos que le gustaría que le hicieran antes de sucumbir a la depresión al descubrir que no, que este año tampoco llegará lo que tanto anhelamos. Esta fase traumática es más aguda en los niños que ya tienen conciencia suficiente para envidiar los regalos de sus amigos y en los jóvenes con los que, cosas de la vida, no aciertas nunca.

La solución para ese conflicto que año tras año se repite en la época de los regalos es pasar olímpicamente de todos y disfrutar comprando lo que nos gusta, o sea libros llenos de dibujos y palabras, aunque luego una lea la prensa y se dé cuenta de que la lectura no es especialmente el fuerte de nuestros pequeños y medianos. Por si acaso, lo mejor es insistir y comenzar desde el principio.

Y en el principio fue el cuento. Debería estar prohibido crecer sin haber leído los cuentos de los Hermanos Grimm, Perrault o Andersen, pero también sin conocer a Peter Pan, a Alicia en el País de las Maravillas, a Pinocho, a Tom Sawyer y Huckleberry Finn, a Nils Holgersson, a Simbad el marino, a Alí Babá y los cuarenta ladrones, a Mowgli, ...



El libro de los cuentos de Andersen
Hans Christian Andersen
14,50 €

De Hans Christian Andersen recomendaría los cuentos de La princesa del guisante, La Sirenita y El soldadito de plomo, adaptados y extraordinariamente ilustrados por Mercè Llimona y recopilados en El libro de los cuentos de Andersen, publicado por Ediciones B dentro de su colección Volúmenes singulares.


El gigante egoista y otros cuentos
Oscar Wilde
7,70 €

Los cuentos deben ser también una vía para conocer a autores que escriben tanto para niños como para adultos y que a la larga se nos harán imprescindibles. Uno de los más polifacéticos y admirados es Oscar Wilde, autor de El gigante egoísta y otros cuentos, editado por Vicens Vives, con preciosas ilustraciones de P. J. Lynch y una última parte con actividades sobre las lecturas. La selección incluye uno de mis favoritos, El príncipe feliz, uno de esos cuentos navideños que, a pesar del paso de los años, no te deja indiferente.



Cuentos de Navidad de Charles Dickens
Charles Dickens
49,50 €

El otro de esos autores es Charles Dickens. La verdad es que la Navidad y los cuentos de fantasmas no serían lo que son si no hubieran existido Dickens y Mister Scrooge. La Editorial Edhasa, dentro de la colección El libro del Tesoro, ha publicado, en una edición cuidadísima, los cinco Cuentos de Navidad de Charles Dickens: Canción de Navidad, Las campanas, El grillo del hogar, El hechizado y La batalla de la vida, con ilustraciones de Richard Doyle, Edwin Landseer, John Leech, Daniel Maclise, Clarkson Stanfield, Frank Stone y John Tenniel, coloreadas por Carlos de Miguel.



Qué blanca más bonita soy
Dolf Verroen
10,10 €

Al siguiente libro llegué por casualidad. Acababa de leer Matar un ruiseñor, de Harper Lee, y estaba un poco receptiva a determinados temas cuando en mi librería habitual Cristina me habló de Qué blanca más bonita soy, publicado por Lóguez Ediciones. Este libro del escritor holandés Dolf Verroen versa sobre el concepto de esclavitud de una niña, María, que acaba de cumplir 12 años y recibe un regalo de cumpleaños un tanto especial.



Moby Dick
Herman Melville
8 €

Esta lista de recomendaciones no estaría completa si no incluyera un clásico. Esta vez he optado por Moby Dick, de Herman Melville, publicado por Alianza Editorial. Ismael, Queequeg, el ballenero Pequod, el capitán Ahab y su obsesión por la Ballena Blanca deberían tener un hueco en nuestros corazones y en nuestro cerebro: Hay que ver la cantidad de aventuras que pueden vivirse y la de cosas que pueden aprenderse leyendo.

Pasadlo bien y disfrutad como niños rebuscando en las estanterías. Navegad por mares prohibidos y desembarcad en costas ignotas, como diría Ismael. Volver por un momento a la infancia es el mejor regalo.

Y para más sugerencias para regalar, pinchad en el link de "Recomendaciones Navideñas" de la columna de la derecha de este blog.

lunes, octubre 08, 2007

VIAJE AL FIN DEL MUNDO de Henning Mankell

Conocí de la existencia de Henning Mankell por un error de correos, pero prefiero pensar que fue la casualidad la que me llevó a disfrutar de sus libros: yo esperaba un paquete que debía llegar de Connecticut, pero mira por donde me encontré con uno que acabó llegando de Malmö. Haciendo alarde de una de mis pequeñas manías, esa que me lleva a localizar en un mapa ciudades cuyos nombres me llaman la atención, descubrí que Malmö estaba en Escania y de ahí a la Ystad de Kurt Wallander apenas hubo un paso.

Aunque soy fan de sus novelas negras, me apetecía conocer otra de las facetas de Mankell, la de escritor de literatura infantil, así que me encontré realizando un Viaje al fin del mundo cuando la Editorial Debolsillo tuvo a bien publicar en un único volumen la serie de cuatro novelas que narran las aventuras de Joel Gustafsson (El perro que corría hacia un estrella, Las sombras crecen al atardecer, El niño que dormía con nieve en la cama y Viaje al fin del mundo), recopilados bajo el título de la última.

Con un ritmo lento en el que todo sucede sin que aparentemente suceda nada, engancha la forma que tiene Mankell de narrar el día a día de Joel desde el momento en que este niño de once años, que vive solo con su padre, Samuel, desde que su madre, Jenny, los abandonó cuando él era apenas un bebé, decide a salir en busca de un perro que cree haber visto desde la ventana de su habitación y que con toda seguridad, piensa, se dirige a algún lugar más allá de Orión.

Y es que, viviendo en el lugar en el que vive, un pueblo situado en el norte de Suecia, en donde la nieve del invierno lo cubre todo durante gran parte del año y los frondosos bosques evocan un paisaje muy distinto al que él desearía ver cada mañana, a Joel no le queda más remedio que recurrir a la imaginación, inventarse un mundo propio y soñar con un futuro lejos del lugar donde nació.

Podría creerse que Joel es un niño retraído y taciturno, pero nada más lejos de la realidad. Influido por las historias que Samuel le cuenta de cuando era joven, cuando trabajaba como marinero y su barco navegaba por todos los mares y llegaba hasta islas y ciudades de las que sólo se conoce su existencia si las has visto o si las encuentras en los mapas, Joel es un aventurero en potencia cuya única esperanza es conocer el mar y viajar a esos países en los que espera atracar un día, confiando en la promesa de que, en cuanto cumpla quince años, se marcharán a algún lugar donde haya puerto y pueda verse el mar abierto, se enrolarán juntos en el mismo carguero y pondrán en práctica todas las aventuras que padre e hijo han ido imaginando.

Pero Samuel no es ni sombra de lo que era. Ahora trabaja de leñador en una compañía maderera y ahoga su soledad en el alcohol, bebiendo por la noche para olvidar la añoranza de un mar al que nunca regresará y la ausencia de la única mujer a la que ha amado y no ha sabido conservar, cuyo recuerdo trata de sustituir con Sara, la camarera de grandes pechos y sombrero rojo.

Mientras, Joel ha ido creciendo, ejerciendo rutinariamente el papel de su propia madre, haciendo la cola en la tienda como una “maldita ama de casa” para hacer la compra, preparando la comida para que esté lista cuando su padre llegue del trabajo o yendo a buscarle cuando tarda en llegar a casa, sabiendo de antemano que allá donde lo encuentre, estará borracho.

A medida que se hace mayor, algo va cambiando en su interior: empezará a considerar infantiles muchas de las cosas que antes hacía, como sentarse a reflexionar sobre su roca junto al río, pero, sobre todo, dejará de confiar en su padre y en las promesas que le ha hecho y que sabe que nunca verá cumplidas, se enfrentará a ese miedo irracional que lo invade desde niño sólo con pensar en la posibilidad de ser abandonado de nuevo, y empezará a creer en sí mismo, a cumplir lo que se propone (desde pequeñas promesas hechas la noche de fin de año hasta aprender a besar, ver a Sonjia Mattsson, la dependienta de la tienda de comestibles de Svenson, vestida solo con velos transparentes; sacarse la licencia de marinero; encontrar a su madre; no ser nunca como su padre o navegar hasta las Islas Pitcairn), llegando incluso a ser protagonista de hechos que hubiera preferido que no ocurrieran, como estar a punto de morir en un accidente, vivir un milagro o convertirse en un héroe.

Con unas circunstancias familiares como las suyas, no es extraño que Joel no sea un niño como los demás. Los únicos niños con los que tiene contacto son Otto, que siempre amenaza con pegarle una paliza, Eva-lisa, la Galgo, su única amiga después de un episodio traumático para ambos, o Ture, el hijo del juez, que pretendía enseñarle algo que él no está dispuesto a aprender. Sus amigos son niños-adultos tan extraños y distintos como él mismo y tan diferentes a la señorita Nedeström, la maestra que le dice que “no es malo tener imaginación e inventarse cosas, pero tienes que distinguir lo que es inventado de lo que es real” o a ese padre angustiado que llora mientras bebe o friega frenéticamente en la cocina algo que sólo él ve, algo que le pone de mal humor, le da miedo y le enfada y que no entendió que mamá Jenny estaba llena de desasosiego.

Joel prefiere a Simón Tempestad, el viejo albañil de quien todos temen porque estuvo encerrado diez años en un psiquiátrico, que circula de noche con su camioneta y que le entiende lo suficiente como para llevarlo a gritar su nombre a “El lago de los cuatro vientos” cuando parece que tenga “muchos pensamientos en la cabeza que preferirías no tener”, y a Gertrud, la Sin Nariz, que intentó suicidarse ahogándose cuando perdió la nariz en una operación y ahora lleva un pañuelo en su lugar, que tiene una nariz roja de payaso a la que llama su “Nariz de Pensar” y también una “Silla de llorar” especial, y para quien, a pesar de todo, nada en su vida era normal ni aburrido.

Y Joel se hace mayor. Si la última novelas es la más emotiva, no es sólo por los hechos que en ella se relatan, sino porque nos damos cuenta de que ha tomado la terrible decisión de estar solo: la mejor manera de no ser abandonado es no querer a nadie que pueda hacerlo. Si no quieres a nadie, nadie puede hacerte daño.

Cuando era niña creía que los textos narrados en primera persona eran autobiográficos. Luego aprendí que, evidentemente, no siempre era así, pero saber que se trataba de un recurso literario no me impidió seguir pensando que, a veces, algo de autobiográfico debe de haber en lo que un autor escribe que me hace tener la sensación de que lo descrito ha de haberse vivido necesariamente. A veces, es tal el dolor de lo narrado que difícilmente hubiera podido la imaginación ser capaz de recrear algo así.

Y en este caso acerté. También a Mankell lo abandonó su madre cuando era niño y, desgraciadamente, después de reencontrarse, volvió a abandonarle, esta vez para siempre, al suicidarse cuando él tenía poco más de veinte. Alguna trascendencia deben tener en nuestra vida determinados hechos acaecidos en nuestra infancia, ¿o no?.

martes, septiembre 25, 2007

EL NIÑO CON EL PIJAMA DE RAYAS de John Boyne

Sería muy largo de explicar por qué el tema de la persecución de los judíos a lo largo de la historia se convirtió en una de mis obsesiones desde pequeña. Por lo que respecta a la historia contemporánea, sólo decir que influyó, por ejemplo, que mi hermana mayor tuviera que leer para clase El Diario de Ana Frank o que en aquellos años una cadena de televisión de las dos existentes emitiera series como Holocausto o QB VII y que fuera precisamente esta serie la que me llevara a conocer a León Uris y a leer con avidez, no sólo la novela del mismo título, sino otras del mismo autor, como Mila 18.

Aunque durante unos años mi interés por la historia medieval me mostró otra perspectiva temporal de la misma temática, acabé regresando a los orígenes por unas razones (las lecturas obligatorias en clase de italiano de La variante di Lüneburg, de Paolo Maurensig, o Se questo è un uomo, de Primo Levi; o un regalo de cumpleaños acertado como Los hermanos Oppermann, de Lion Feuchtwanger, o Nueve Maletas, de Béla Zsolt) o por otras (el descubrimiento, a través de las recomendaciones de Babelia, de Esta niña debe vivir, de Helenne Holzman o El humo de Birkenau, de Liana Millu, o de encuentros casuales en la librería, como Un saco de canicas, de Joseph Joffo, o El niño con el pijama de rayas, de John Boyne, por ejemplo).

Con todos esos antecedentes, era difícil no saber de qué iba la historia cuando vi la portada del libro editado por Ediciones Salamandra y leí el título, si bien lo que me llevó a leer la novela fue que estuviera dirigida a un público juvenil (contrariamente a lo que se dice en la contraportada), que contara la historia desde el punto de vista de un niño y que este niño no fuera judío.

El niño con el pijama de rayas se empieza leyendo como si de un cuento se tratara. Así te lo hace creer el tono infantil que utiliza el narrador, quien en todo momento te conduce por los intrincados pensamientos de Bruno, el protagonista de esta historia, te pone a su nivel y te muestra las cosas que le hacen feliz, las que le asombran, las que le extrañan, las que no comprende y las que le dan miedo y contra las que no puede luchar, relegándolas al silencio y al olvido.

Todo había ocurrido por culpa de aquel hombre importante que había venido a cenar (el Furias, diría Bruno incapaz de pronunciar correctamente la palabra), acompañado de la mujer rubia más guapa que Bruno había visto nunca. Desde ese día todos comenzaron a llamar “Comandante” a Padre, quien empezó a vestir un impecable uniforme nuevo con galones. Fue también por su culpa que Madre y Padre se chillaran más de lo normal, que la abuela Nathalie dejara de hablar con su hijo para siempre jamás tras una discusión el día de Navidad y que Bruno sintiera en él la mayor de las injusticias jamás cometidas al verse obligado a mudarse a otra casa que, por no estar, no estaba ni en Alemania, sino en Polonia, a un lugar llamado Auchviz, como diría Bruno con ese lenguaje tan suyo (que debe sonar como el Os Vais que aparece una vez en el texto en castellano, traducido del Out-With en el original inglés).

Allí donde vivirá en un futuro inmediato con sus padres y su hermana Gretel, que tiene doce años, no estarán sus mejores amigos para toda la vida ni la barandilla por la que se deslizaba por los cinco pisos de su casa, contando el sótano y la buhardilla. En Auchviz no hay calles, ni casas, ni vecinos como en Berlín, sino una larga alambrada que separa la nueva casa del árido terreno que hay detrás, de las cabañas y pequeños edificios, de las columnas de humo y de los hombres y niños vestidos con extraños pijamas y gorras de rayas que viven allí, que nunca están alegres y que tienen en la mirada una tristeza infinita y un miedo atroz.

Sin embargo, la aparente ingenuidad con que el escritor irlandés nos cuenta la historia, contrasta cruelmente con lo que sabemos que ocurrió allí en realidad, haciendo poco creíble la historia de Bruno:

Por una parte, no acaba de convencer cómo un comandante de las SS que tiene a su cargo un campo de concentración como el de Auschwitz y en quien el Führer tiene puestas tantas esperanzas, un hombre muy partidario de las reglas y poco dado a dar abrazos y a demostrar afecto, que si ha tenido éxito en la vida ha sido porque ha aprendido cuándo ha de discutir y cuándo obedecer órdenes, se despreocupe de la educación de su hijo y no le aleccione, como heredero de la gloriosa patria que se pretende reconstruir, en la ideología que representa y de la que sólo ha enseñado a su hijo cómo responder a determinado saludo (estirando un brazo al frente con la palma de la mano hacia abajo, levantando el brazo con un firme movimiento al tiempo que se grita Heil Hitler, dos palabras que para Bruno significaban algo como “Hasta luego, que tengas un buen día”) o a repetir sin convencimiento “Alemania es el mejor país del mundo. Nosotros somos superiores”, sin tener muy claro lo que quiere decir. ¿Cómo puede este hombre estar convencido de que el trabajo que realiza es muy importante para su país, que “lo que estamos haciendo aquí es corregir la historia” y que considera que “no son lo que nosotros entendemos por personas” esos que están al otro lado de la alambrada, ser al mismo tiempo el padre que regala a su hijo La Isla del Tesoro, el patrón que cuenta con el agradecimiento de la criada por su buen corazón al haberse ocupado de su madre o el marido que permite que su esposa eduque a su hijo en el respeto hacia los demás?

Por otra parte, el personaje de Bruno parece estancado, como si no fuera posible hacerlo evolucionar y crecer. Al principio es un niño que llega a un lugar desconocido, que se pregunta a menudo qué ocurre al otro lado de la alambrada y que intenta aclarar sus dudas interrogando a la criada, al camarero e incluso a su propia hermana, pero como nadie sabe darle respuestas convincentes, llega a la conclusión que lo mejor es quedarse callado y pasar desapercibido, sobre todo después de haber visto ciertas cosas que es preferible olvidar. Quizás Bruno es demasiado inocente, demasiado infantil para esos nueve años que vividos en otras circunstancias hubieran hecho de él un niño más despierto y desde luego mucho más maduro, y es que, transcurrido casi un año desde su llegada a la nueva casa, a duras penas ha averiguado que los que están al otro lado son judíos y que a los que están con él en su lado de la alambrada no les gustan los judíos, sin llegar muy bien a saber qué significa todo eso.

De Bruno te exasperan a veces la intrascendencia de sus conversaciones con Shmuel (“el punto que se convirtió en una manchita que se convirtió en un borrón que se convirtió en una figura que se convirtió en un niño” con el que comparte amistad, encuentros en el único lugar de la alambrada que no estaba vigilado (¿?) y fecha de nacimiento), su egoísmo, su incredulidad respecto a lo que le cuenta Shmuel que ocurre en su parte de la alambrada, su terquedad a la hora de reconocer que puede estar equivocado, pero, sobre todo, que no haya sido capaz de entender lo que pasaba. A pesar de todo, y aunque la proximidad del desenlace te produce una ansiedad angustiosa y se te hace difícil leer los últimos episodios (quizás porque ya sabes qué va a ocurrir), una no puede menos que recomendar su lectura, por lo menos antes que se estrene la película que Miramax-Disney está preparando bajo la dirección de Mark Herman.

jueves, julio 05, 2007

RECOMENDACIONES DE LECTURAS VERANIEGAS: Literatura Infantil/Juvenil

El verano es eso que los niños y jóvenes tienen tres meses para disfrutar, que parece que vaya a durar una eternidad y de momento se encuentran con que ya están a 31 de agosto y tienen que empezar a pensar en el nuevo curso escolar que está a la vuelta de la esquina. Y es que para ellos verano y vacaciones escolares son lo mismo y durante todo ese tiempo atraviesan por diversas fases que suelen culminar con la del aburrimiento. Y cuando no saben que hacer, encima, les entran unas ganas terribles de volver al “cole”. Yo, para no aburrirme, solía leer. Me encantaba vivir mil aventuras imaginarias a través de otros personajes, de mi misma edad si era posible, y disfrutaba con ellos de apasionantes viajes en el espacio y en el tiempo.

Lo que recomiendo ahora es precisamente eso, viajar sin salir de casa, a lugares tan fresquitos como Sundsvall, un pueblo sin mar perdido en el norte de Suecia en el que Joel Gustafsson, un niño de once años, vive con su padre Samuel (que ahora trabaja de leñador pero que antes fue marinero) y con la constante presencia de dos ausencias: la del mar, por el que ha aprendido a sentir la terrible nostalgia que siente su padre, y la de su madre, Jenny, cuyo desasosiego la llevó a abandonarlo siendo apenas un bebé. A lo largo de cuatro novelas (El perro que corría hacia una estrella, Las sombras crecen al atardecer, El niño que dormía con nieve en la cama y Viaje al fin del mundo), que ahora se publican conjuntamente bajo el título de Viaje al fin del mundo, Henning Mankell nos cuenta cómo Joel va creciendo hasta convertirse un adolescente y cómo utiliza la imaginación para escapar de ese mundo tan solitario y sin esperanza en el que vive. Una forma de que los jóvenes conozcan a Mankell y acaben apasionándose con el detective Wallander.


Viaje al fin del Mundo
Henning Mankell
8,95 euros


También de niños va Un saco de canicas. Se trata de una novela autobiográfica, en la que, viajando en el tiempo, llegaremos al Paris ocupado por los nazis. Joseph y Maurice Joffo son dos niños judíos de diez y doce años que deben abandonar a sus padres, perseguidos por los alemanes, para encontrarse con sus hermanos en Menton, cerca de la frontera con Italia, y continuar huyendo juntos hasta Niza. Una entrañable historia de supervivencia, que deberían leer también los adultos.


Un saco de caninas
Joseph Joffo
7,95 euros


Para terminar un clásico de la literatura inglesa: El viento en los sauces. Los protagonistas son animales con apariencia, manías e idiosincrasia propiamente humanas. Un alegato a favor de valores como la amistad y el amor y el respeto a la naturaleza, del que también pueden disfrutar los más pequeños gracias a las detalladas ilustraciones de la adaptación que de esta obra ha hecho Michel Plessix (ver post de esta obra en este mismo blog).


El viento en los sauces
Kenneth Grahame
7,50 euros

El viento en los sauces
Michel Plessix (basado en la novela de Kenneth Grahame)
Editado por The Comics and Games Art Studio
18,50 euros

Buen verano.

miércoles, febrero 21, 2007

VIENTO EN LOS SAUCES de Michel Plessix / Kenneth Grahame

Estaba pensando en el viaje que hice a la Bretaña francesa para sacar ideas que utilizar en un nuevo post, cuando me acordé de que hacía tiempo que quería hablar sobre El Viento en los Sauces y aún no había encontrado el momento oportuno. De hecho, mientras escogía las ilustraciones para el post de Beatrix Potter, busqué premeditadamente una, la de Tomi Tejón, que me recordaba al personaje de Kenneth Grahame que vi en “El vent en el salzes”, la serie de dibujos animados que emitió TV3 a finales de la década de los 80.

A veces pienso que el paso del tiempo (o una forma de olvido involuntario) hace que nuestros recuerdos no coincidan fielmente con lo ocurrido realmente. Son esas bromas de la memoria que entremezclan historias hasta convertirlas en recuerdos preciosos que merece la pena no olvidar. O a lo mejor no, a lo mejor es verdad que ocurrieron así las cosas, tal y como creemos que ocurrieron. Yo relaciono la serie con plácidas tardes de domingo con la familia reunida frente a la tele, disfrutando tanto de ésta como de otras series que nos marcarían para siempre. Y aunque hablar no era nuestro fuerte, era increíble cómo puntualmente nos aposentábamos frente a la pequeña pantalla (en blanco y negro hasta el año 1984) para ver El virginiano, Furia, Kung Fu, La casa de la pradera, Curro Jiménez, El hombre y la tierra, Yo, Claudio, Arriba y abajo, o Con las manos en la masa. Paradójicamente, siempre me viene a la memoria el recuerdo de mi padre llorando mientras veía conmigo la triste historia de Candy Candy, que sería manga-anime, pero era una serie de dibujos que le gustaba mucho.

Supongo que habré dicho tantas veces que The Wind in the willows estaba considerado como uno de los mejores libros de literatura infantil de todos los tiempos que, al final, alguien cayó en la cuenta y me regaló “El vent en el salzes”, versión en cómic (en catalán) que Michel Plessix había hecho del cuento de Kenneth Grahame, publicada por la editorial The Comics & Games Art Studio (DCom), de Barcelona.

A veces me pregunto qué lleva a un escritor a escribir algo tan absolutamente distinto a lo que ha vivido. Un escritor escribe, diréis, y sus trabajos no tienen por qué tener visos autobiográficos. Sin embargo, siempre me pregunto cómo pudo Grahame escribir algo tan hermoso y lleno de vida cuando su propia existencia había sido tan desgraciada (si tenemos en cuenta que no tuvo una infancia demasiado feliz, con su esposa no se llevaba precisamente bien y su único hijo acabaría suicidándose).

Kenneth Grahame (1859-1932) había nacido en Edimburgo; su madre había muerto siendo él un niño, y su padre, que no se veía capacitado para cuidarlo, lo acabó enviando con una abuela autoritaria que, sin embargo (siempre hay que ver en todo una parte positiva, ya que este hecho le permitió conocer aquellos aspectos de la naturaleza que después reflejaría en sus cuentos), vivía en una casa en el campo próxima al río Támesis, en Berkshire. Al serle negada la posibilidad de estudiar en Oxford acabó trabajando en el Banco de Inglaterra, si bien su interés por la literatura le llevó a las tertulia de la Sociedad Shakesperiana de manos de su presidente, James Furnivall. El éxito en su carrera literatura le sobrevino gracias a la promesa que le hizo a su único hijo, Alastair, de contarle cada noche todos los cuentos que quisiera. El hijo eligió los protagonistas y el padre inventó las historias. Así nacieron Topo, Rata, Sapo, Tejón, Nutria, una serie de animales “humanizados” que son amigos a pesar de las diferencias que existen entre ellos y su peculiar idiosincrasia para representar la “sociedad victoriana” en la que viven, con sus normas y sus formalismos, pero también para manifestar sus transgresiones y sus rebeldías.

Si la novela es genial, la adaptación que de ella hace Michel Plessix en el cómic publicado por Dcom te deja sin palabras. Esta versión, publicada el año 2003, dirigida en principio a un público infantil pero que acabaría cautivando tanto a niños como a mayores (las buenas historias gustan por igual a grandes y pequeños, y los buenos dibujos también, ¿o no?) está basada en el original de la Editorial Delcourt, de Paris, Le vent dans les saules, que Plessix tardó ocho años en terminar. Pero el esfuerzo valió la pena; mirad si no la increíble lista de premios que ha obtenido con esta obra: Éléphant d’or al mejor dibujante, Chambéry 1997, Parent’s choice Gold Award, USA 1998, Mejor colección del año, Allemagne 1999, Premio a la mejor colección, Solliès 1999, Alph-Art del publico, Angoulême 2000, Premio del público, Perros-Guirrec 2000, Premio al mejor álbum extranjero, Amadora 2003, Seleccionado para el Eisner Award Children's comic book, San Diego 2003.

Este ilustrador y guionista bretón, nacido en Saint-Malo en 1959 (por cierto, qué gracia me hizo saber que era bretón; yo que había intentado escapar de la Bretaña francesa por un tiempo), que ha trabajado también para prestigiosas editoriales francesas y belgas, como Dargaud o Milan, ha sabido plasmar perfectamente y con un gran sentido del humor la personalidad de los animales protagonistas (Topo, tímido, curioso y un poco torpe quizás, pero sensible y melancólico; Rata es un artista (canta, hace poesía, dibuja), es irónica, dinámica, tiene las cosas claras y una gran experiencia e iniciativa para llevarlas a cabo; Tejón, en apariencia huraño y esquivo e incluso, en ocasiones, insociable, es un gran amigo (que no cuestiona a la gente ni a las cosas) y un gran conocedor de la naturaleza “humana”; Nutria, con los problemas que le ocasiona tener una familia, aparece siempre cuando menos se le espera (sobre todo si hay comida de por medio), pero también cuando se le necesita, mientras que Sapo, cegado por su pasión por la velocidad y los medios de transporte y artilugios modernos, es inconsciente, egoísta y cobarde).

Los colores de las acuarelas de Plessix consiguen, igualmente, recrear la naturaleza en los ambientes en los que se desarrolla la acción, llenos de magia y poesía: el paso del tiempo a través de las estaciones; las inquietudes del bosque salvaje; el río, cuya orilla se abandona, dejando de lado la seguridad de lo conocido, para adentrarse en el ancho mundo, que representa lo desconocido, el peligro, pero también la libertad, la necesidad de abandonar la tranquilidad del hogar y vivir aventuras; la ciudad, con sus calles repletas de gente, su estación de ferrocarril, y, sobre todo las casas en las que viven cada uno de los personajes.

Hay también un cambio de ritmo que se va viendo claramente a lo largo de los capítulos: Del ritmo lento y pausado de la tranquila vida en el campo, en donde es notable la influencia de los pintores impresionistas en el uso del color (se ve claramente en las referencias pictóricas de obras conocidas, como el Déjeuner sur l’herbe, de Manet o Tren en el campo, de Monet), se pasa al ritmo frenético y trepidante de la ciudad (en donde triunfan la velocidad y el bullicio) y al caos que provocan las comadrejas en la casa de Sapo y al jaleo que éste y sus amigos provocan para recuperarla. El bucólico paisaje campestre del principio deja paso a una desconcertante maraña de personajes al final.

A mí, que me encantan las ilustraciones con muchos detalles, me ha parecido extraordinario el trabajo de este ilustrador. Cada viñeta es como un mundo lleno de pormenores; ofrecen tanta información sobre las pequeñas cosas de la vida cotidiana que parecen tener vida propia. Se ve en los paisajes, pero también en los lugares en donde habitan los protagonistas. Si os fijáis, veréis que cada hogar es distinto y que refleja claramente la peculiaridad de sus moradores.

Lo que más me gusta de recrearme en esas viñetas es imaginar que vuelvo a estar en casa.

martes, febrero 13, 2007

¿CUENTOS PARA NIÑOS?: BEATRIX POTTER Y ELEANOR FARJEON

Mi primer libro, el que me compraron mis padres un verano porque mi maestra, doña Maruja (aún tiemblo cuando pronuncio su nombre, qué miedo daba aquella mujer) había considerado oportuno incluir la lectura en nuestras disolutas vidas estivales, costó, aquel verano del 76, la friolera cantidad de 240 pesetas.

Era un libro “gordísimo” de 244 páginas, todo letra, salvo unas pequeñas ilustraciones un tanto “ñoñas" desde el punto de vista actual, pero “encantadoras y tiernas” en aquellos años. Era, evidentemente, un libro de cuentos: La princesa que pedía la luna, de la escritora británica Eleanor Farjeon (nació tal día como hoy, 13 de febrero, en el año 1881 y murió en 1965), con ilustraciones de María Dolores Salmons, publicado en España por la Editorial Juventud. Yo tenía una segunda edición, de marzo de 1973.



Ese libro de cuentos, en su título original The Little Bookroom, había ganado en el año 1956 el primero de los premios Hans Christian Andersen, el galardón más importante dentro del campo de la literatura infantil, concedido por el IBBY (International Board on Books for Young People-Organización Internacional para el Libro Juvenil) cada dos años a un autor y a un ilustrador cuyos trabajos se consideren una gran contribución a la literatura infantil y juvenil y estén vivos en el momento de la nominación.

Estuve horas enfrascada en la lectura de aquellos cuentos, algunos tan fantásticos y absurdos que ni los entendía, otros tan tiernos que aún los recuerdo (Mi cachorro, La niña que besó el melocotonero, Silvana, El Burro de Connemara, Hada Ana, El pavo real de cristal), otros tan tristes que hasta me hicieron llorar (Panniquis, Y yo acuno a mi niño), pero con todos ellos pasé uno de los veranos más felices y al mismo tiempo más traumáticos de mi vida al darme cuenta de que mi casa no era como la de los demás: No sólo no teníamos biblioteca, ¡es que apenas teníamos libros!

Y claro, después de leer, en la introducción de La princesa que pedía la luna, lo que Eleanor Farjeon describía (”En la casa en que discurrió mi infancia había una habitación a la que llamábamos “la biblioteca pequeña”. Claro es que todas las habitaciones de la casa hubieran podido llamarse bibliotecas. Nuestro departamento, el de los niños, en la parte alta de la casa, estaba lleno de libros. En el piso de abajo, el despacho de mi padre quedaba atestado. Forraban las paredes del comedor, inundaban el cuarto de estar de mi madre y subían hasta las alcobas. Nos hubiera parecido más natural carecer de trajes que de libros. Y más contrario a la Naturaleza no leer que no comer”), podréis comprender que este primer contacto con la lectura me dejara un tanto perpleja y desconcertada. Pero es que aún había más: “(…) Aquella biblioteca polvorienta, cuyas ventanas jamás se abrían, a través de cuyos cristales el sol de verano lograba enviar algunos rayos sin lustre en los cuales bailaban y temblaban partículas de oro, abrió para mí mágicas ventanas por las que yo contemplaba otros mundos y otros tiempos, mundos llenos de poesía y de prosa, de hechos y fantasías. Allí existían antiguas piezas de teatro, historias y viejos romances, supersticiones y leyendas y lo que se llaman “curiosidades de la Literatura (…)”. Parecía como si la autora estuviera observándome “(…) incómoda físicamente y del todo absorta en la lectura. No me daba cuenta de mi extraña postura y de la pesadez del aire hasta que dejaba de recorrer los reinos donde la fantasía era para mí mucho más verdadera que los hechos reales; me embarcaba en viajes para descubrir regiones donde a menudo los hechos eran mucho más curiosos que las fantasías.” Menos mal que descubrí que había unos lugares (las bibliotecas públicas) que estaban llenos de libros que podías llevarte a casa y devolverlos cuando terminabas de leerlos.

Aquel libro lo he leído muchas veces a lo largo de estos años; me ha enseñado a descubrir cuántas vidas pueden vivirse gracias a los libros, pero, sobre todo, me ha acompañado en mis momentos tristes, cuando trataba de animarme releyendo el final de Panniquis: ”Pero nunca contó ni a su mujer ni a sus hijos que cuando la vida le resultaba demasiado pesada, como tantas veces ocurre, la belleza de las cosas se imponía a su indiferencia, y del cielo y de la tierra, desde los árboles y las rocas, desde la frescura de las aguas y de las cascadas, de la luz y de las sombras, le venía, tan clara como en el momento en que se separó de él, la encantadora risa de Panniquis, y oía su voz que le llamaba desde el cielo y la tierra diciéndole: ¡Alégrate! ¡Alégrate!”



Con el paso de los años te das cuenta de que la literatura infantil pocas veces va dirigida exclusivamente a los niños. Los libros infantiles y juveniles siempre han estado dentro de mis lecturas favoritas (todavía hoy los libros infantiles ilustrados se llevan una gran parte de mi presupuesto); siempre pero, sobre todo, a partir del nacimiento de mis sobrinos, porque era una forma (en ocasiones infructuosa, de todo ha habido) de inculcarles un cierto amor hacia la lectura. Como todo en la vida, existen libros para los días en los que lo único que te apetece es sentarte y relajarte delante de historias intrascendentes e imaginativas arropadas por dibujos de colores cálidos y pequeños detalles o para aquéllos en los que, por el contrario, tienes tanta vitalidad que prefieres utilizarla jugando “a la casa del tío Gregorio” con el más pequeño de la casa. Para estos casos, yo elijo los libros de Beatrix Potter. Aunque yo tengo los Cuentos Completos publicados por la Editorial Debate en el año 1989 que reúne los 23 cuentos originales del Conejo Perico publicados entre 1902 y 1930, para leer con mis sobrinos utilizaba los cuentos en formato pequeño, más manejables para ellos, y El gran libro de Perico el conejo travieso, troquelado, con el que representábamos las historias que previamente habíamos leído juntos y cuyas ilustraciones nos sabíamos casi de memoria.

Contrariamente a lo que pueda pensarse ante la aparente sensiblería de las ilustraciones y los textos de Beattix Potter (1866-1943), yo siempre la he considerado una mujer moderna para su tiempo, a pesar de haber nacido dentro de una familia típicamente victoriana y estar sometida, por su posición social, a ciertos convencionalismos que ella, a mi parecer, consiguió ir rompiendo a lo largo de su vida. Su educación fue encomendada a una institutriz y nunca se le permitió ir al colegio ni tener amigos y únicamente durante las vacaciones de verano, cuando abandonaba Londres para instalarse con su familia en los campos de Escocia o al Norte de Inglaterra, podía dejar de estar constreñida en aquel ambiente opresivo y tomar contacto con la naturaleza, observarla y conocerla hasta el punto de llegar a realizar incluso estudios botánicos que nunca vieron la luz porque chocaron con la machista rigidez de las instituciones científicas. Fue precisamente este hecho, la imposibilidad de dedicarse a la investigación, lo que la llevó a dedicar su buen hacer como ilustradora a la literatura infantil, buscando en ella una forma de ganarse la vida.

De hecho empezó a tener independencia económica cuando una editorial compró sus dibujos para ilustrar tarjetas de Navidad, pero su dedicación al mundo infantil fue un poco posterior. Había escrito su primera historia para niños El cuento de Perico el conejo travieso en una carta dirigida al hijo de su antigua institutriz (en realidad cada uno de los cuentos está dedicado a alguien: a un niño, a un adulto especial, incluso a uno de los protagonistas de sus historias). Años más tarde se acordó de la historia de Perico y la dibujó y reescribió y, ante la falta de editores, decidió publicarlo por su cuenta. El cuento tuvo tanto éxito que un editor, Frederick Warne, estuvo interesado en publicarlo y tras él los veinte libros que Beatriz escribiría entre 1901 y 1913 y sus posteriores reediciones. La escritora participaba en los procesos de diseño de sus libros (los prefería de pequeño formato para que fueran más manejables por los niños, con poco texto y pocas páginas (al menos al principio) y una ilustración en cada una de ellas), supervisaba las pruebas de imprenta y las traducciones al francés e incluso creó y patentó el muñeco del Conejo Perico de juguete que fue, evidentemente, un éxito de ventas. Que una mujer hiciera todo eso a principios del siglo pasado sin tener a un hombre detrás, denota una cierta “modernidad”, ¿o no?


Iustración de Randolph Caldecott



Ilustración de Beatrix Potter


Aunque parece ser significativa la influencia del ilustrador inglés de libros para niños, Randolph Caldecott (famoso por la cuidada composición y los pequeños detalles de sus idealizadas escenas costumbristas, tan representativas de la vida británica en el campo, y por los numerosos dibujos de animales “vestidos” que Beatrix copiaría durante su aprendizaje), Beatrix Potter fue una innovadora en el modo de concebir las ilustraciones. Sus acuarelas son extraordinarias, tienen un lenguaje propio que se completa con el texto, y sus animalitos, con ropas, cualidades y comportamientos humanos, no son meras caricaturas, sino dibujos realistas, precisos y detallistas tomados de modelos vivos que protagonizan historias llenas de imaginación y fantasía, pero también de realidad, en las que aparecen conceptos y lenguajes un tanto alejados de lo propiamente infantil y de las convenciones sociales a las cuales sí caricaturiza. También los paisajes en los que se desarrolla la acción eran perfectamente reconocibles, pues Beatrix retrataba el lugar en el que vivía, dando visos de realidad al mundo imaginario que había creado.

Con los ingresos obtenidos con su trabajo compró Hill Top, una granja en Near Sawrey (Distrito de los lagos), en el Norte de Inglaterra, y es entonces cuando se inicia una de las facetas más interesantes de esta mujer polifacética, la de “protoecologista” dedicada, por influencia del vicario Hardwicke Rawnsley, fundador del Nacional Trust, una de las primeras organizaciones benéficas para la defensa del medio ambiente y el patrimonio, a preservar el paisaje y la tradición rural de la región de los lagos de la creciente industrialización, la especulación y del turismo depredador, ya en aquellos tiempos. Cuando murió en 1943 legó todas sus tierras al Nacional Trust, haciendo posible la creación del Parque Nacional de Lake District.

Para los que tengáis interés en saber más cosas sobre este lugar en el que parece que el tiempo se haya parado, en el suplemento El viajero de El País del sábado 10 de febrero de 2007 se publicó un artículo de Patricia Gosálvez sobre “El fabuloso mundo de Beatrix Potter” y el parque nacional de Lake District, que se encuentra en la demarcación de Cumbria, al norte de Inglaterra. Para los seguidores de Perico el conejo travieso, la ardilla Nogalina, el concejito Benjamín, los dos malvados ratones, el señor Jeremías Peces, la oca Carlota, el gato Tomás, Timoteo Puntillas, Samuel Bigotes o la señorita Minina, esta región del norte de Inglaterra pronto estará más de moda que nunca, debido principalmente a Miss Potter, la película que se ha rodado sobre la vida de esta escritora, dirigida por el australiano Chris Noonan (Babe, el cerdito valiente), con guión de Richard Maltby Jr. y protagonizada por Renée Zellweger (Beatrix), Ewan McGregor (Norman Warne) y Emily Watson (Millie Warne).

Si decido ir a verla, ya os contaré; de momento me lo estoy pensando: no es por nada, pero no sé si podría soportar volver a leer los cuentos viendo a Beatrix Potter con la cara de Bridget Jones.

jueves, enero 11, 2007

RECOMENDACIÓN: TRAS LA MIRADA DEL DRAGÓN de Alexia Sabatier & Xavier Besse

Siguiendo con los dragones, os recomiendo el cuento para niños “Tras la mirada del dragón” publicado recientemente por la Editorial Edelvives.

Su autora Alexia Sabatier, nos cuenta la historia de Xiao Li al que el viento se lleva su cometa en forma de dragón. Su padre le consuela contándole la historia de quiénes son los dragones y su influencia benéfica.

Un relato corto, encantador, en la línea de los cuentos orientales. Con él aprendemos más sobre los dragones, bajo el punto de vista oriental.

Las ilustraciones, de fondo de página, de gran format