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miércoles, octubre 06, 2010

WEIMAR: DOS INVESTIGACIONES DE JAN KARTA (1925-1933) de Roberto Dal Pra' & Rodolfo Torti

Las historias de género negro ambientadas en un período histórico tan convulso como el de entreguerras en Alemania es un argumento que funciona. Ya ocurrió con las novelas de Philip Kerr y su “Berlín Noir”, la serie protagonizada por el investigador privado Bernhard “Bernie” Gunther, editada por RBA. Si estos relatos, además, tienen formato cómic, la cosa gana puntos, como con los dos álbumes de lo que será la trilogía sobre Berlín, de Jason Lutes, publicada por Astiberri.

A un período anterior al que narra Kerr y al mismo que retrata Lutes -el de la República de Weimar-, corresponden los dos relatos -Weimar y Der Sturm- que 001 Ediciones ha publicado en un único tomo, en rústica con solapas, bajo el título del primero de ellos, Weimar. Dos investigaciones de Jan Karta (1925-1933), dos de los seis casos del detective privado Jan Karta, obra de dos clásicos “dei fumetti” italiano, el guionista Roberto Dal Pra' y el dibujante Rodolfo Torti, que primero aparecieron en las revistas Orient Express y Comic Art y posteriormente fueron publicados por la Editorial Dargaud en los años ochenta, por Vertige Graphic y por la editorial italiana 001 Edizioni en sendos volúmenes en 2006 y 2007, dentro de la colección Omnibus.

Tras la Primera Guerra Mundial, las obligaciones para con los aliados impuestas por el Tratado de Versalles habían obligado a Alemania a desprenderse de parte de su territorio, a abandonar sus colonias, a desarmarse y a pagar grandes sumas como indemnización (el último abono se hizo efectivo precisamente el pasado domingo 3 de octubre). Ello no sólo había agravado su crisis económica y las tensiones sociales, sino que había hecho resurgir un exaltado sentimiento nacionalista, que acabaría siendo utilizado por el Partido Nacional Socialista -con cuyas ideas simpatizaba la clase trabajadora y cierta burguesía radical de derechas, canalizando el malestar de la sociedad hacia un interés común, la idea de crear una Gran Alemania- para conseguir instaurarse en el poder en 1933, utilizando siempre las vías democráticas.

Guillermo II
había abdicado, se había proclamado la República de Weimar en 1919 y el gobierno estaba en manos de una coalición de partidos políticos con graves desavenencias entre ellos y con aquellos a los que representaban. Este contexto histórico general, uno de los momentos clave para entender el nacimiento de los regímenes políticos totalitarios, fue el escogido por Roberto Dal Pra' para recrear su ficción histórica, protagonizada por un personaje peculiar, Jan Karta, un detective privado de aspecto impecable, con su traje, su corbata, sus guantes y su pelo engominado. Culto, mentiroso habitual y fumador empedernido, cliente asiduo en el bar de Wilhelm Knolzseh en donde gusta de tomar café sin cenizas, amigo desde el instituto de Rudolph, un forense con el que comparte algo más que confidencias sobre los cadáveres que llegan a la morgue, insomne por culpa de terribles pesadillas que le obsesionan y encantador con las mujeres, aunque alérgico a los compromisos a largo plazo, si bien es cierto que no es comprometerse lo que le da miedo, le “aterroriza más la idea de las cosas que las cosas en sí”.

Pero Karta no sería lo que es si no fuera por la imagen que de él ha creado Rodolfo Torti. Utilizando la línea clara y el banco y negro y generando esos claroscuros que tan bien sientan a una historia en la que lo oscuro no está asociado únicamente a la trama que se cuenta, sino a un futuro que todos conocemos, recrea una ciudad y un momento histórico, con continuas alusiones a hechos que sucedieron y a personajes que existieron realmente, y con un protagonista, Hitler, que aparece en la primera página y cuya presencia permanece latente a lo largo de ambos relatos.

Para contarnos todo esto, Torti supo reproducir el ambiente de la época: las calles, el vestuario y las modas, los medios de transporte, la diversidad social reflejada en sus viñetas, desde el proletariado que trabaja en la fábrica siderúrgica al empresario capitalista que se ha ido enriquecido en plena crisis, pasando por el mundo del teatro de Cabaret -con referencias al cómico Karl Valentín-, el obrero que repara el pavimento o los pequeños ladrones de manzanas, así como detalles que recrean el auge del Nazismo, cuya influencia avanzaba a pasos agigantados.

Ambas historias, Weimar y Der Sturm, se desarrollan en la misma ciudad, Berlín, y siguen el mismo esquema cronológico que las encuadra dentro de un lapso de tiempo marcado por fechas significativas. La primera, transcurre entre el 28 de febrero de 1925, fecha de los funerales del presidente socialdemócrata de la República de Weimar, Friederich Ebert, y el 27 de abril de 1925, fecha en la que el Mariscal Von Hinderburg se convierte en presidente de la República. En esta ocasión Jan Karta recibe la visita de la esposa de Otto Muller, uno de los dirigentes de Yarbe, la mayor industria siderúrgica alemana, quien le pide que consiga pruebas fotográficas que confirmen que está siendo engañada por su marido. No es el tipo de casos por el que uno pierde la cabeza, pero Karta acepta. Su amigo Henry, un fotógrafo fanático de Hegel que tiene su propia opinión sobre Alemania -“un país absurdo, decadente y juerguista, corrupto e idealista fabulosamente contradictorio”-, le preste una cámara; sigue a Herr Muller -un hombre metódico y de costumbres fijas- y consigue las fotos comprometedoras que entrega puntualmente a la esposa. Sin embargo, se da cuenta demasiado tarde que alguien ha estado jugando con él y que sus actos han ocasionado al parecer un desenlace más que funesto para la familia Muller. Recomponiendo el rompecabezas y haciendo encajar las piezas que faltaban desde un principio, aparecen en el caso elementos tan discordantes como los intereses de los empresarios propietarios de industrias de inclinaciones socialdemócratas que apoyan a los firmantes del Tratado de Versalles, contrapuestos a los que creen que el futuro de la nueva Alemania sólo es posible gracias a un partido emergente, el Nacional Socialista, cuyos seguidores no tienen problema a la hora de ensuciarse las manos de sangre para construir esa gran patria de la que sentirse orgullosos.

En Der Sturm, la acción se sitúa entre el 27 de enero y el 27 de febrero de 1933. Jan Karta es despertado en plena noche por un hombre herido que llama a su puerta y acaba muriendo en sus brazos. Por los documentos que se hallan en sus bolsillos, el hombre es Kurt Hermann, un extremista que trabaja como periodista en el Mitteldeusche Zeitungy, y algo más. Aunque es Karta quien avisa a la policía, es detenido por su posible relación con el asesinado, interrogado y casi torturado por un miembro del servicio secreto, ocupado en descubrir la “ideología” de los ciudadanos y en perseguir a comunistas y judíos. Tras la providencial intervención de un alto cargo que fue alumno de su padre, Karta queda en libertad. Desde que Hermann Goering es Jefe de la Policía y Ministro de Interior de Prusia, las voces de los detractores al régimen que se afianza se escuchan cada vez con menor frecuencia en público. En un ambiente en el que hasta las paredes oyen y uno no pude fiarse de nadie, Karta decide seguir por su cuenta las pistas de los nombres anotados en un pequeño papel encontrado en el cadáver, para encontrar los eslabones de una cadena que le llevará hasta la boca del lobo y descubrir un complot cuyo objetivo es incendiar el Reichstag.

Esperemos que 001 Ediciones se decida pronto a continuar con la publicación de esta interesante serie de los autores de Leo Greco, premiada con el Gran Prix des Alpages al mejor cómic del año en Sierre, Suiza y con el Yelow Kid de Lucca.

domingo, febrero 07, 2010

MILO MANARA, EL REY DEL CÓMIC ERÓTICO

Miguel Martín hace un repaso a la obra y vida del gran fumetteri Milo Manara en Scifiworld, uno de los grandes artistas de lo erótico en el noveno arte.

"Milo Manara es el rey irrefutable del cómic erótico europeo.

Su estilo directo y sugerente es fácilmente identificable con tan solo echar un vistazo a alguna de sus ilustraciones. Famosas son sus creaciones de bellas mujeres (para muchos las chicas Manara son las mejor dibujadas, otros opinan que se parecen demasiado entre sí), aunque el autor italiano siempre ha querido ir más allá del simple erotismo y ha salpicado toda su obra de crítica social y reflexiones filosóficas.

Para ello no ha dudado en ningún momento de acercarse a alguno de los mejores guionistas de cómics (Hugo Pratt, Jodorowsky…), con los que ha firmado sus obras más bellas e intensas. Además, ha colaborado con importantes nombres propios del mundo del cine como Pedro Almodóvar (ilustrando su novela corta ‘Fuego en las entrañas’), Luc Besson (en la creación de storyboards para su anuncio de Chanel Nº 5), Federico Fellini (en la extraña y bella ‘Viaje a Tulum’), Vincenzo Cerami (con el guionista de ‘La vida es bella’ trabajó en ‘Los ojos de Pandora’) o con el ya mencionado Alejandro Jodorowsky (en su ambiciosa, y aún inconclusa, saga de ‘Los Borgia’)
".

Para continuar leyendo este artículo, pinchad en el siguiente enlace:

Un saludo cordial.

sábado, diciembre 05, 2009

EL SANDOKÁN DE PRATT EN EL MUNDO

En el periódico El Mundo aparece un reportaje gráfico del Sandokán de Hugo Pratt y Mino Milani a cargo de Iván Aliaga y Miguel Nuño, recientemente editado, tanto en castellano como en catalán, por Norma Editorial.

"En 1969, Hugo Pratt empezó a dibujar al pirata de Salgari, pero tuvo que dejar el proyecto por el éxito de su personaje más conocido. Cuarenta años después de su creación se publica "Sandokán. El Tigre de Malasia", la historia inédita de Hugo Pratt, uno de los autores más grandes del cómic europeo por la serie "Corto Maltés".
Para continuar viendo el reportaje gráfico, pinchad sobre el siguiente enlace:
Un saludo cordial.

miércoles, mayo 13, 2009

RECORDANDO A: MARVIN EL DETECTIVE de Milazzo & Berardi


Marvin el detective
Dibujo: Ivo Milazzo
Guión: Giancarlo Berardi
Blanco y negro, tapa blanda
Norma Editorial
Descatalogado

Seguimos con la serie de posts dedicada a Milazzo y Berardi, hoy:

Publicado por entregas en la revista CIMOC, entre los números 31 y 36, fue recopilado posteriormente en la colección El Muro (nº 6), donde se recogían historias en blanco y negro que por su extensión (normalmente 48 páginas) no encuadraban en la colección BN.

En el Hollywood de 1928, Marvin acepta su primer caso: averiguar el paradero de Marion Colman, una de las muchas jóvenes que trata de entrar en el mundo del cine.
En el preámbulo de la historia, encontramos a nuestro protagonista viendo una de sus antiguas películas mudas, en tres geniales páginas que nos enseñan el pasado como actor de un hombre que ha debido reciclarse a detective privado. Explico lo de la genialidad: Milazzo (con unos grises que ya no volveremos a encontrar en el resto del cómic) resume en unos pocos dibujos la esencia del cine mudo: las exageraciones del maquillaje, la sobreactuación de poses y gestos, los disparos acompañados de gran profusión de humo… para que el espectador -privado del sonido y la palabra de los personajes- pueda hacerse una rápida composición de lugar y hechos y, sobre todo, entender qué está pasando en el film.
Todo ello con una disposición de viñetas en la página que persigue imitar las imágenes de una cinta de cinematógrafo.

Sería imperdonable no incluir la imagen con el cameo de un famoso personaje del western, eso sí en esta ocasión en un papel algo distinto del habitual en él. ¿Sabéis quién, verdad?
Pero, ¿qué tipo de detective nos proponen Milazzo y Berardi? Si le aplicamos el Test de Hammett, rápidamente descubrimos que es un investigador algo fuera de los cánones convencionales en los protagonistas de novela negra:
  • Por el momento no lleva pistola; está pendiente de que le concedan el permiso de armas.
  • No puede decirse que sea un tipo duro, no es un fornido matón de puño fácil -de hecho recibe más puñetazos que los que reparte-. Tiene además un punto débil: “la nariz, me sangra por nada”.
  • Resulta imprescindible para un buen detective ir a todas horas con el cigarrillo en los labios. En este apartado Marvin obtendría la máxima puntuación.
  • No es de mucho comer; únicamente le veremos tomar café (ya se sabe que el tabaco alimenta un montón).

  • Un cuchitril por oficina, con un escritorio polvoriento, un par de sillas y un gran archivador para tener bien ordenaditos los expedientes de sus clientes.
  • No recuerdo ningún investigador que sea un buen padre de familia. Parece que para obtener la licencia es requisito imprescindible estar soltero, divorciado o viudo. Se permite tener descendencia, pero es preferible que no forme parte de la vida del ínclito.
  • Sin vehículo propio, utiliza el transporte público. No entra en el baremo por encontrarnos a las puertas de la Gran Depresión, unas fechas en las que los automóviles no eran tan habituales como lo serían en décadas posteriores.

  • Sin el encanto de Sam Spade o Philip Marlowe, no tiene suerte con las mujeres. Todo lo más se llevará algún tortazo.
  • La afición a bebidas espiritosas y otras sustancias es optativa para obtener el carnet, pero Marvin, que parece haber salido de un infierno de alcohol y drogas, prefiere mantenerse en una etapa de abstinencia.

Con todo esto ya nos hemos hecho una composición de la personalidad de Marvin, un hombre con un pasado de cierta fama y éxito profesional que ha terminado en la cuneta y que ahora trata de encontrarse consigo mismo. En el camino además ha perdido el amor de su mujer y prácticamente no sabe nada de su hija de 12 años.

Estamos ante una buena historia de novela negra, con sus componentes más o menos habituales: la Meca del cine no se libra de tener una trastienda que no huele muy bien, un asunto aparentemente fácil que se va complicando, dobles juegos y engaños, premisas que dejan de ser ciertas, alguna ración de puños y balas, algún muerto y un desenlace más o menos sorprendente. Aunque de frágil nariz, al final Marvin demostrará tener un buen olfato.

Gráficamente, destacar la estructura cinematográfica del cómic, con la narración en dos planos: el presente, en donde se desarrolla la investigación, y a base de flash-back -argumentalmente sin relación con el caso-, en los que se cuentan los momentos esenciales del pasado del protagonista hasta llegar a su situación actual.

En varias páginas podemos comprobar una vez más el gusto de los autores por la música.

De los lápices de Milazzo, poco más que añadir a lo ya dicho en los dos post anteriores (El hombre de las Filipinas y Historias cortas en Cimoc), si bien en esta ocasión no encontramos los difuminados a carboncillo, sino un blanco y negro con más espacios limpios de sombras.

Y como es habitual en él, con unos pocos elementos en el escenario -un teléfono de baquelita, un sombrero femenino estilo belle époque, una máquina de escribir Remington o una cámara fotográfica de fuelle- nos mete perfectamente en el momento temporal en el que transcurre el cómic.

Si no me equivoco ésta sería la única aventura del personaje.

miércoles, marzo 11, 2009

RECORDANDO A: Milazzo y Berardi en Cimoc

Si dejamos aparte a la serie Ken Parker (en blanco y negro) que publicó Zinco y alguna historia en Tótem (Toutain), la mayor parte de la obra publicada de Berardi y Milazzo en nuestro país corrió a cargo de Norma Editorial. Nos detenemos hoy con algunas muestras de lo que pudimos leer en la revista Cimoc.

A lo largo de sus 176 números se produjeron numerosos cambios en el Cimoc, oscilaciones respecto al número de páginas, un progresivo aumento de la parte dedicada al color, calidad del papel, leves variaciones de tamaño, etc., pero siempre mantuvo la estructura de combinar historias cortas con la serialización de aventuras largas durante varias revistas.

Las historias de reducida extensión cumplían una misión importante (por supuesto había material de relleno, pero en general el nivel fue bastante alto), ya que formaba parte de la filosofía de la edición en formato revista. Una publicación de este estilo no podía centrarse únicamente en aventuras de “...continuará”, para evitar el cansancio o la frustración de los lectores cada mes.

Con la excepción de “Marvin el detective”, las historias de Milazzo y Berardi aparecidas en Cimoc, fueron autoconclusivas, si bien, como veremos, también podían ser capítulos autónomos de un trabajo más largo. No están todas, faltarían “Jane, Sweet Jane” (Cimoc nº 43), “Casi siempre” (Cimoc nº 51) o “Las crías” (Cimoc Especial Aventuras), pero sí son representativas del estupendo hacer del tándem italiano.

“¿Donde estás Laura?” (Cimoc nº 7, 8 páginas b/n)
Relato de terror, que no habría desentonado de haber aparecido en la revista Creepy. No es aconsejable ir solo de acampada a la montaña; en este caso, contar con la compañía de una buena “amiga” iba a resultar providencial.

“El viejo frac”. (Cimoc nº 45, 4 páginas b/n)
O cómo se puede plasmar una canción en viñetas.

“El último samurai” (Cimoc nº 46, 6 páginas b/n)
O de cómo el guerrero perdió su orgullo sin combatir.

“Parker Addison” (Cimoc nº 48, 12 páginas b/n)
Adaptación de un relato de Ambrose Bierce sobre la guerra de Secesión americana (Ver también el post que en su momento hice sobre el tema). Durante la noche un espía yanquee que ha sido capturado establece una singular conversación sobre la muerte con el General confederado que le interroga y que le condena a ser ejecutado. El aplomo y la desfachatez del prisionero ante su destino se esfumaban en un instante, al ordenarse la aplicación de la pena de forma inmediata.

Los grises y difuminados a carboncillo daban a la historia una atmósfera nocturna y sombría que se desarrollaba en su práctica totalidad en el interior de una tienda de campaña con la escasa luz que aportaba una solitaria vela.

“Strip blues” (Cimoc nº 50, 4 páginas b/n)
Un striptease muy particular: absolutamente integral e inverso y con partitura musical incorporada.

“Delta blues” (Cimoc nº 68, 9 páginas b/n)
Este episodio forma parte de la serie “Tom´s Bar”.
Estados Unidos, durante la II Guerra Mundial. Tom, además de regentar su bar, se dedica a otros trapicheos para sacar unos dólares extra. El final nos hará cambiar la primera impresión que nos hemos hecho sobre la personalidad del barman.

Fusión de comic noir –un joven que compra un revolver para iniciarse en el camino del crimen- y de historia costumbrista –las calles, los coches, el repartidor de hielo, la radio como fuente de entretenimiento y de información- de la vida en los años 40 en América.

Posiblemente la mejor reproducida de las historias en blanco y negro, permite distinguir mejor las distintas tonalidades de grises.

"Giuli Bai & co." (Cimoc nº 101, 9 páginas, color; Cimoc nº 102 , 6 páginas, color)
El drama o la novela negra se cambiaba aquí por el humor; Giuli Bai y sus inseparables, Max y Fransuá, son oportunistas en los asuntos amorosos, con pocas liras en los bolsillos pero esmerados y elegantes siempre que sea posible, de dudosa ocupación, de matar el tiempo en el bar Dria y “… a las diez y media, todos a la última sesión de cine como cada noche”.

En esta disección cómica de la Italia más picaresca de los 60, resulta imposible no pensar en películas como “Rufufú”, o “Los desconocidos de siempre”, con Marcello Mastroianni y Vittorio Gassman de protagonistas. Si en su primer título en color -“El hombre de las Filipinas” (leer también el post que hice sobre esta obra)- el cromatismo parecía haber sido incorporado a posteriori, aquí Milazzo ya domina la técnica, la historia ya se dibuja combinando tinta y tinturas, que sustituyen muchas de las líneas y de las sombras conseguidas con sus famosos grises.

Con todo este material habría salido un buen tomo recopilatorio, que con casi total certeza habría tenido una mejor edición que en el sufrido papel de la revista.

Se puede afirmar que el cine y la música han sido fuente de inspiración de la práctica totalidad de estos trabajos y que los autores les han rendido, a cambio, un maravilloso tributo.

Dejamos a “Marvin el detective” y el “Ken Parker” (únicamente el editado por Norma, en color) para próximas entregas.

lunes, febrero 02, 2009

RECORDANDO A: "EL HOMBRE DE LAS FILIPINAS" de Milazzo & Berardi


El Hombre de las Filipinas
Dibujo: Ivo Milazzo
Guión: Giancarlo Berardi
Norma Editorial
Descatalogado

Milazzo y Berardi son probablemente la pareja más conocida del fumetti. Su obra es muy extensa, siendo su creación más conocida el trampero “Ken Parker”. El tándem italiano aparecía con cierta frecuencia en la revista Cimoc (Norma Editorial), en la que se publicaron, en blanco y negro, varios relatos cortos e independientes (el primero, “Nocturno”, ya en el número 5) y una historia larga por entregas (“Marvin el detective”, posteriormente editado en tomo en la colección El Muro) y, ya en color, algunas aventuras cortas de “Ken Parker” y de “Giuli Bai & Co”. Comentaremos más cosas de esta producción próximamente, pero ahora nos quedamos con el número 11 de la colección de álbumes Cimoc Extra Color.

Cuando se empieza a leer “El hombre de las Filipinas” uno piensa que va a encontrarse con una versión en cómic de “La jungla en llamas”, la película de aventuras protagonizada por Gary Cooper allá por 1939 que, los que nos hacemos peligrosamente viejos, disfrutábamos cuando los films en blanco y negro no estaban “prohibidos” en la programación televisiva.

Además de compartir escenario -la jungla-, y la misma época -terminada la guerra hispano-estadounidense de 1898-, nos encontramos también con un destacamento de la infantería de los USA en medio de la rebelión de los “moros”, los habitantes musulmanes del sur del archipiélago filipino.

En el verano de 1902, James Stappleton arriba a la isla de Mindanao para reencontrarse con el coronel Harris, un viejo amigo de una ya lejana juventud. Para ello deberá adentrarse en la selva y unirse a un pelotón de soldados al mando del teniente Arnold, que ha llegado para recibir pertrechos del mismo barco que le ha traído hasta la playa y le servirá de escolta.

Sin abandonar la arena se le pega como una lapa Jolo, un pequeño y descarado filipino que se autonombra como su sirviente y que aporta el toque de humor en los pocos momentos que la historia lo permite. Su papel irá más allá de hacer de “Connie”, el amigo chino de Terry y Pat de la obra de Milton Caniff.

Conforme pasamos páginas, a la temática aventurera se le va superponiendo una crítica demoledora del militarismo y de la obstinada y “sagrada” misión de los imperios por civilizar o domar, según se mire, a los pueblos “inferiores”.

Los filipinos no tienen nada de “buenos salvajes”, al estilo de “Viernes” de la obra de Daniel Defoe, emboscan, mutilan a los que caen en sus manos, son taimados y la traición se oculta hasta en aquéllos que parecen más fieles e inocentes y tampoco tienen demasiados miramientos con los civiles.

Stappleton se encuentra que el ejército de su país, que había “liberado” las Filipinas (y Cuba, Puerto Rico y la isla de Guam) de la ocupación española, utiliza toda clase de prácticas para dominar a los nativos: munición prohibida, ejecución de enemigos heridos, aplicación de tortura a los prisioneros, aplastamiento del adversario sin contemplar a la población civil, otorgando a los filipinos, según la ocasión, un trato despectivo o paternalista.

Nuestro veterano “caballero neoyorquino”, aún siendo norteamericano, no puede tomar partido. Hay argumentos a favor de uno y otro bando: el deseo de independencia política, cultural y religiosa que también implica la lucha entre tribus y el caos; versus la estabilidad, el progreso y el orden a la manera USA. Lo que sí tiene claro es que no se puede consentir que se traicionen los principios y valores de su país y que en las guerras, ya de por sí bastante terribles, no se respeten unas reglas mínimas de cómo matarse unos a otros. Su indignación viene de actos no realizados en el fragor del combate, sino cuando, terminado éste, se toman en frío, siendo sus autores plenamente conscientes de lo que están llevando a cabo.

En definitiva, Berardi nos propone un cómic sin buenos ni malos, y nos da una lección de Historia: “No sirve, nunca sirvió, responder a las atrocidades con otras atrocidades…”

Milazzo utiliza unas pocas viñetas por página, con dibujos generalmente de gran tamaño, de trazo ligero y poco definido en ocasiones, consiguiendo, sin embargo, gran fuerza y expresividad, con una facilidad pasmosa para atrapar al lector en las secuencias de la narración. Añade por primera vez el color a su fabuloso blanco y negro utilizando acuarelas, una técnica que personalmente no me gusta demasiado por resultar difícil que el color se ajuste a la línea, de ahí que el resultado no sea demasiado bueno. Es como si se hubiera hecho una versión coloreada de un cómic pensado y dibujado en blanco y negro. Suele ocurrir, además, que al buscar obtener matices, por ejemplo en los rostros, se emborronen las capas de color.

Publicado en Italia en 1980, el nº 27 de la colección “Un Uomo, un´Avventura” -donde también trabajaron Hugo Pratt, Sergio Toppi o Attilio Micheluzzi, entre otros-, buscaba alzar la voz contra los desmanes de las tropas yanquis en Vietnam, trocando el fanatismo político del viet-cong por el fanatismo religioso de los “moros”. En el epílogo se avanzaba en el tiempo y se llegaba a 1970, en pleno consejo de guerra por enjuiciar a los militares responsables de una masacre en Mylay. La palabra FIN se acompaña de un signo de interrogación (?); no podían saber Milazzo y Berardi (aunque sí imaginar) que unos 25 años más tarde volverían a repetirse de nuevo los hechos, cambiando de escenario: la jungla asiática por las arenas de Irak y la cárcel de Guantánamo.

Así pues, un cómic que podría ser de rabiosa actualidad, al menos hasta hace unos pocos días, ya que parece que algunas cosas van a cambiar con el Sr. Obama o al menos así lo esperamos.

miércoles, diciembre 03, 2008

CRÍTICA: BRAD BARRON # 1: NO HUMANOS de Tito Faraci, Bruno Brindisi, Anna Lazzarini & Giancarlo Caracuzzo

Siendo inminente la salida al mercado del segundo volumen de Brad Barron: Los conquistadores, hoy voy a publicar una reseña que he elaborado sobre el primer volumen (de seis) de Brad Barron: No humanos, una de esas lecturas que, desde que fue anunciada que saldría como novedad por parte de Aleta Ediciones, tuve ganas de cogerla por banda.

Tito Faraci se encarga de guionizar cada una de las tres historias que componen el volumen, dibujadas cada una de ellas por tres autores diferentes: Bruno Brindisi (No humanos), Anna Lazzarini (Fuga de Manhattan) y Giancarlo Caracuzzo (Tierra perdida).

La razón por la que quería hincarle el diente a este título era porque, aparte de que me atrajo esta historia en concreto desde el mismo momento que anunciaron que se iba a publicar aquí, formaba parte del género de la ciencia ficción, que es uno de los que más me gusta sino el que más, aparte de tener ese condicionante principal de toda obra Bonelli que no es otro que ofrecer buenas historias de sencilla lectura, a buen precio y que te garantizan un buen entretenimiento. La verdad sea dicha es que puede parecer una historia, seguramente, un poco manida, vista y leída demasiadas veces tanto en el cine como en la literatura o en los cómics, pero la verdad es que Faraci ha sabido entretejer correctamente una buena trama sci-fi, dándole un ritmo adecuado, sin prisas pero sin pausas, conformando pequeñas historias autoconclusivas dentro de la trama principal, permitiéndote leer de forma amena y de un tirón una historia que, por lo leído hasta ahora (es sólo el principio), no cojea por ningún sitio.

Naturalmente, si esperabais una aventura de ciencia ficción de las que estamos habituados a ver ahora, con cantidad de acción, diseños de infarto, tecnología punta, movimientos de cámara inimaginables, seres de otros planetas terribles y espeluznantes pero creíbles, con perspectivas increíbles e imposibles y destrucciones masivas... vamos, efectos especiales “bidimensionales”, aquí no lo vais a encontrar.

En cambio, Faraci le da aquí otro ritmo, otra intensidad, que, como el mismo autor reconoce, nos recuerda mucho a esas historias y películas de los 50, toda esa tradición pulp en la sci-fi, donde toda esta cantidad de efectos especiales que nos inundan hoy en día y a los que nos hemos habituado tan rápidamente, antaño no existían, y se buscaba más la simple historia y las reacciones de los terrestres ante la invasión de seres venidos de otros mundos. A veces, da la sensación que los extraterrestres mismos, los Morb, tienen un papel realmente secundario en esta historia, son meramente la excusa para que Faraci nos cuente una historia, la historia de la supervivencia de la raza humana ante la invasión de unas criaturas venidas del espacio que tienen la intención de eliminar o subyugar a toda ser vivo racional y, como muchas veces ha aparecido en este tipo de relatos de ciencia ficción, tenemos un único y verdadero protagonista, aquel que les plantará cara e intentará sobrevivir para luchar con sus propios medios contra la, normalmente, superior tecnología de los visitantes (algo que nos recuerda claramente lo que ya nos avanzaba H. G. Wells en La Guerra de los Mundos).

Brad Barron es el típico personaje hecho a sí mismo, seguro, fuerte e inteligente, un líder nato, un tipo capaz de sortear con éxito la mayores dificultades, un veterano, como no, de una gran guerra, la II Guerra Mundial (pensemos que la historia transcurre, precisamente, durante la década de los 50), que emprenderá su cruzada personal en solitario contra los Morb, en busca de su mujer y su hija, que aún tiene la esperanza de que estén vivas y que es la motivación principal que hace avanzar la historia y no otras, como podría ser luchar simple y directamente contra los alienígenas invasores.

Si el guión de Faraci es correcto, bien estructurado y coherente (y, en este tipo de relatos, siempre es muy importante que sea una única persona la que guionice la miniserie de principio a fin), el dibujo de los tres autores de cada una de las primeras historias acompaña de una u otra forma, un dibujo sin alardes de ningún tipo, en blanco y negro, como no, de línea clara y realista, como ya nos tienen acostumbrados los fumetteri que trabajan para la Editorial Bonelli. Naturalmente, los tres dibujantes, cada uno con su propio estilo, nos ofrecen un trabajo unitario que intenta mantener, más o menos, un mismo patrón de dibujo que no desentone en las diferentes historias y que pueda llegar a marcar señas de identidad diferentes y propias, para así conseguir darle una coherencia a la historia que, en este caso, lo requiere. Necesita de esta unidad porque, al ser una serie de carácter limitado, no son realmente historias autoconclusivas por sí mismo como es normal en la línea Bonelli, si no que al tratarse de una historia de larga duración que tiene perfectamente estipulado un inicio, un desarrollo y un final ya definido, cada historia bebe de la anterior siguiendo un mismo hilo argumental, aunque en cada relato se nos presente una subtrama que finaliza en ese número pero que son necesarias para llenar los huecos en la extensa travesía por la Norteamérica invadida que intenta realizar nuestro protagonista.

De todas formas, si tuviera que quedarme con el dibujo de alguno de los tres autores de este primer volumen, me decantaría por elegir el de Bruno Brindisi, que me parece que es el que mejor trata los escenarios en los que desarrolla la trama, más detallista que los dos autores que se suceden y que mejor sabe tratar la anatomía y morfología de los diferentes personajes, de una manera más clara y más realista, trabajando mejor las luces y las sombras en cada una de las viñetas.

Por tanto, una obra recomendable si tienes un momento de asueto que te permita leer durante un rato una historia entretenida bien ejecutada, una historia interesante de la que te apetece saber más para conocer como acabará el peregrinaje de su único protagonista, y que ahora, con el nuevo formato que la Editorial Aleta ha elegido para continuar la publicación de los fumetti de su línea Bonelli, reuniendo tres tomos de antes en uno solo, ha ganado en cuanto a edición, con más contenido, aunque, en este caso en concreto, por la serialización de este título, ahora tengamos que esperar tres meses para saber cómo continuará la aventura emprendida por nuestro Brad Barron.

Un saludo cordial.