miércoles, mayo 27, 2009

CRÓNICAS FRANCESAS: “L’ÎLE SANS SOURIRE” de Enrique Fernández

Lo malo de hablar de una obra que no ha sido publicada en España en el momento de escribir estas líneas, es que tengo que tener mucho cuidado de lo que voy a decir para no estropear el argumento a los que podáis leer esta reseña. Puede que cuando este post vea la luz, hayáis disfrutado de la edición en castellano, que está a punto de salir… si es así, sólo os queda que leeros estas líneas y decirme si estáis o no de acuerdo.

Quiero decir, que es casi normal que con cierta frecuencia sean autores españoles los que publiquen con asiduidad en las editoriales francófonas. El número de ellos que están haciendo carrera en Francia y Bélgica aumenta cada vez más, puesto que la calidad de los trabajos editados es realmente extraordinaria, y no es porque yo pueda pensar eso, si no que esta afirmación se ve respaldada por la gran acogida que tienen estas obras entre el gran público. No hay mejor forma de medir el éxito que en función del número de lectores que se acercan al trabajo de un determinado autor. Si, en este caso, es español, tanto mejor. Ya sé que no todo es tan fácil como pudiera parecer, pero está claro que hay más oportunidades allí y que, al menos, se debe intentar.

Ya sabemos que es ciertamente desolador ver como estos mismos autores que triunfan, aunque el camino sea duro, fuera de nuestras fronteras tienen que esperar a que haya algún editor en España que, o bien que se haga eco de ese triunfo o bien este dispuesto a arriesgarse, cosa improbable con los tiempos que corren.

Este es el caso que nos ocupa, “L’Île sans Sourire” (La Isla sin Sonrisa), obra de Enrique Fernández, publicada por Glènat bajo el sello Drugstore. Esta denominación pretende sacar una línea editorial basada en hacer emerger nuevos talentos, historias originales y propuestas diferentes en todo tipo de géneros. La editorial lleva cuarenta años en este mundo y no quiere quedarse ajena a lo que se mueve en el mundo del tebeo. Es una propuesta por un lado arriesgada pero, por el otro, segura basándonos en el potencial de los autores elegidos para conformar un catálogo con títulos, como el de hoy, verdaderamente interesantes.

Hemos hablado en otras ocasiones de y con Enrique Fernández, un autor al que creo tenemos todos los que hacemos este blog en verdadera estima, algo que no hace más que ratificar con cada nueva historia.

Lo primero que me llamó la atención de este tebeo fue su portada, cuando revisando las novedades de próximo lanzamiento en la web de Glènat (en Francia, claro), me fijé en una imagen dotada de un extraño atractivo. Con el fondo de un pueblo costero en tonos verdes oscuros, la imagen de una niña y un gato iluminada por el resplandor de una estrella sostenida en su mano logró cautivarme de forma inmediata. Lo que inmediatamente me recordó esa portada fue al Miyazaki de “El Viaje de Chihiro”, película que me encanta y que en cierto modo relacioné con esta obra, pero sin haberla leído. Para mí, el estilo de Enrique Fernández es tan sumamente cinematográfico, que no pude dejar de asociar su dibujo con el celuloide.

Fue después cuando ya me fijé en el título, el conocido autor y en las páginas de muestra que te ofrecía la reseña de la editorial. Anoté este título en una libreta donde tengo apuntados todas las novedades que van saliendo y que quisiera tener; no puedo tenerlas todas, pero la lista me sirve para priorizar sobre aquellas que me parecen más interesantes, como es ésta.

En cuanto llegó a mi librería habitual, me hice con un volumen y me puse enseguida a leerlo para disfrutarlo. El planteamiento es el de una historia completa en un solo volumen que nos transporta a la isla ballenera de Yulkukany en una fría y desapacible noche de tormenta. A este remoto lugar llega Dean, un geólogo que visita el lugar para estudiar las piedras del lugar. No podemos decir que este personaje sea agradable con sólo ver la cara de pocos amigos que tiene. Parece que no se hubiese reído nunca. Inmediatamente se encuentra con Elianor, una niña jovial y radiante que es toda sonrisa y que acoge al forastero como a uno más de la familia.

A partir de ahí, la relación del geólogo con la niña sirve de base para ir descubriendo, poco a poco, cuales son los fantasmas interiores que atormentan a Dean y por qué se empeña en que su pasado marque su forma de ser. Cuanto más lucha por ahogar sus sentimientos, la fuerza vital de la pequeña y el extraño ambiente de la isla, así como los extraños habitantes que surgen tanto de la tierra como del mar, van cambiando su forma de actuar, venciendo su indeferencia e implicándole personalmente. Reacio ante la situación en un primer momento, ese resquicio de humanidad que llevamos dentro acaba con las intenciones del personaje a ser un espectador más en la isla. Sin poder evitarlo, el geólogo será empujado a tomar partido y actuar.

Ya dije antes que este tebeo tiene una parte de cinematográfico, aún sabiendo que hablamos de dos medios muy diferentes, pero que beben el uno del otro y viceversa. Esta concepción gráfica en la mejor tradición de la animación clásica queda patente en el estilo gráfico de Enrique Fernández, apoyado por un dominio del color capaz de transmitir diferentes emociones según el momento de la historia en que nos encontremos. Magníficas son las viñetas nocturnas, como lo son todas aquellas de la isla de noche, cuando el forastero llega, la lluvia arrecia y nos encontramos con un paisaje desapacible. Este oscurismo contrasta con el color con que está dotada Elianor y que nos llena de la alegría y la capacidad de vivir de la niña, incluso cuando todos a su alrededor han perdido la esperanza incluso antes de tenerla. Ella no se rendirá nunca y, gracias a esta resistencia, será capaz de arrastrar a los demás.

Al final una moraleja que trata de mostrarnos la alegría de vivir en el mundo que nos toca, a pesar de todas las adversidades y que no debemos perder nuestro tiempo en quejarnos de nuestra mala fortuna, si no en tratar de disfrutar y sonreír siempre que podamos. Al fin y al cabo, solo vivimos una vez y siempre puede haber motivos para estar contento. Porque nos pille una tormenta no vamos a dejar que eso nos arruine el día, como nos viene a decir este precioso cuento contado e ilustrado con elementos fantásticos y oníricos. En fin, un poquito de poesía hecha imágenes, que espero que los que os acerquéis a este álbum podáis sentir como yo ya lo he hecho.