martes, abril 15, 2008

CRÍTICA: VIDA DE PERROS de Manu Larcenet

Arf, arf, arf, ¡¡¡qué vida de humanos me toca vivir!!!

Y no es para menos, señoras y caballeros, niños y niñas, animales “racionales” todos, pues una mísera vida de humanos me toca sufrir en el día y día, padeciendo las más terribles humillaciones y las situaciones más rocambolescas que nunca nadie, ni vosotros míos, podrías haber pensado que pudiera pasarle a un lindo perrito como yo.

Ah, perdonen mi falta de educación de diestro can, pero no me había presentado aún: me llamo Spot, y a continuación les voy a contar los hechos que me cariacontecieron en un momento dado de mi azarosa vida.

Lo que seguidamente voy a relatar no será ningún alegato en defensa de mi dignidad como can (o sí, ahora que lo pienso, que ya toca por derecho propio), ni una crítica feroz sobre el sistema legal y judicial que nos toca sufrir en mi querido y amado país (aunque a veces no estaría mal vivir en otro sitio más, digamos, ¿paradisíaco tal vez?), ni un dar pena y lástima para que alguna alma caritativa se apiade de mí (y de todos los que son como yo, ya puestos), sino, simplemente y llanamente, una manera de desahogarme frente a las penurias que me toca sufrir, del papel que me ha tocado interpretar en esta vida y que ustedes tienen el derecho a saber, y de lo que un perro, en su día a día rutinario, es capaz de hacer y padecer, para así aliviar ese intenso y molesto dolor (más bien picor) que tengo por aguantar a las dichosas pulgas y garrapatas que me corroen el alma y las entrañas (y, que conste, que no soy un perro pulgoso, ¿eh?).

Todo este cúmulo de despropósitos y desgracias tienen su inicio en el año 19... ¡uf!..., ya no me acuerdo... total, con la vida tan corta que nos toca vivir a nosotros los canes mejor no recordar fechas que conseguirían que nos pusiéramos aún más tristes y melancólicos.... Bueno, como iba diciendo, pateaba yo las calles de la incipiente neonata Norteamérica, donde los humanos respetaban y hacían sus leyes a su manera y antojo, donde la ley del más fuerte era siempre la más buscada y utilizada, y que a los más débiles como nosotros no nos quedaba más remedio que soportar y sufrir en carnes, porque, realmente, muchos de nosotros al no tener pedigrí, éramos verdaderos parias en una sociedad donde los humanos eran los amos y señores, y nosotros los pobres y obedientes “esclavos”, fieles siempre a su entera disposición, tanto para lo bueno como para lo malo.

Y, por un acto de total injusticia, me detuvieron por el simple motivo de ser un perro vagabundo que no tenía donde caerse muerto, comiendo, rebuscando y rapiñando carroña entre montones de desperdicios humanos y que meaba en la primera esquina que encontraba para sentir, por fin, alivio... Total, de lo más normal, ¿no creéis?...

Y ahí me encontraba, sin comerlo ni beberlo, pudriéndome en una cárcel perruna, donde la verdad sea dicha no me esperaba un futuro muy halagüeño que digamos. Pero he aquí que con mi inteligencia de sabueso pude escapar de la penitenciaría y me fui en busca de un alma para mí... sí, sí, un alma, como muy bien decía cierto párroco, que sin ella siempre seríamos los perros rastreros que somos...

Y deambulando por ahí, sobreviviendo como buenamente podía, convirtiéndome el un vulgar forajido humano, todo en pos de lograr mi objetivo final, el de ser un perro con alma, me encontré para mi suerte (o mi desgracia) a dos europeos de lo más curioso y estrafalarios: uno que se hacia pasar por un eminente doctor y psicoanalista que había cruzado el charco para psicoanalizar y volver locos con sus teorías a todos los humanos, un tal Sigmund Freud, y que tenía una obsesión con las madres humanas de cada uno que no veas, rayando la paranoia humana más absoluta, nunca mejor dicho. El otro era Igor, su ayudante, su subordinado, siempre reivindicando sus derechos sindicales como trabajador asalariado, que se creía, no sé muy bien el por qué, un gran cocinero y un habilidoso pistolero... y un pésimo ciclista, todo sea dicho de paso...

En fin, y aunque no os lo creáis, en vez de entregarme de nuevo al sheriff para enchironarme, va y decidieron ayudarme a lograr mi objetivo, porque el más viejo de los dos decidió que yo sería un caso único de estudio, envidia de sus colegas doctores europeos cuando volviese (deseoso estaba) a su ciudad de origen: una tal Viena. ¡¡Estos humanos están todos locos!!

Lo que sucedió a continuación fueron una serie de correrías y aventuras al más puro estilo far west, donde nos encontramos a los implacables hombres de la ley que me perseguían por fugarme de prisión, a indios y chamanes que me ayudarían a ser más que un vulgar perro rastrero, a malhumorados sureños y chicanos que recibían a los forasteros pretenciosos como se merecían: echándolos a los cerdos... toda una odisea en pos de conseguir lo impensable... ¿vale la pena sufrir tantas peripecias, muchas de ellas desagradables, para obtener lo que uno más desea en un momento de poca lucidez?

Ahora todos estaréis deseosos de saber cómo acaba esta rocambolesca historia, pero, lamentándolo mucho, me parece que tendréis que compraros el cómic que un simpático y dicharachero autor francés, un tal Larcenet, hizo basándose en esta historia que a mí me pasó tiempo ha (y, todo hay que decir, uniéndola a la de un humano que con el tiempo se convertiría en alguien importante en la historia de la humanidad... o eso dicen...), y que tan bien publicó primero una editorial francesa (Editions Dargaud) y luego una española (Editorial Norma). Pero, como cobro derechos de autor gracias a que otro se ha empeñado en contar mi vida privada e intima (aunque no creo que sea tan interesante como la pintan... divertida y entretenida sí... bien ejecutada por parte de autor, también... pero ¿interesante?...), pero, vamos a ver, ¿a quién en el fondo le puede interesar una vida de perros?... bueno, a mí sí, que para eso es la mía, y con el afán de protagonismo que tiene uno, pues bien merece la pena que le echéis una ojeada, aunque os advierto que, aunque se le ha querido imprimir un tono jocoso y divertido, hay momentos que nadie (ni incluso un perro) se los debe de tomar a risa, porque indirectamente y en un segundo plano, esconden verdades como puños... vosotros los humanos tenéis la potestad y el deber de interpretarlas.

Espero que hayáis encontrado una moraleja en todo esto y que os sirva, en un momento dado, de lección... al fin y al cabo, perros y humanos estamos abocados a entendernos... o eso creo, o mejor dicho, me gustaría creer...

Un cordial saludo canino.