viernes, febrero 15, 2013

LECTURAS DE DESEOS PUBLICABLES: LES QUATRE DE BAKER STREET de J. B. Djian, Olivier Legrand & David Etien

Un año más, cuarenta ya desde que inició su andadura, el Festival International de la Bande Desinée ha cerrado sus puertas. Aunque a estas alturas ya está más que acostumbrada al ajetreo del evento, Angoulême tardará en volver a la normalidad tras la resaca de esos cuatro días intensos en los que un número cada vez mayor de aficionados toma sus calles a pesar de las inclemencias del tiempo y las largas colas que acaban por formarse en cada uno de los ámbitos que, diseminados por la ciudad, constituyen el Festival por antonomasia, ese al que todo buen aficionado a la BD que se precie no debería dejar de acudir al menos una vez en la vida, teniendo, eso sí, la seguridad de que no será la única.


Yo tuve la oportunidad de disfrutar el año pasado de mi primer Angoulême y tengo que reconocer que aún tiendo a vivir de las rentas de tan magnífica experiencia. La verdad es que me traje muy buenos recuerdos, un buen montón de momentos emocionantes (ver dibujar a tus autores favoritos, esos que ni por asomo creías que ibas a ver en persona en tu vida, no tiene precio) y una caterva inestimable de deseos publicables, algunos de los cuales -demasiado pocos, muy a mi pesar- han ido haciéndose realidad a lo largo del pasado año y lo que llevamos de éste (El Ángelus, de Homs y Giroud: Paul va de pesca y Paul en Quebec, de Rabagliati; Aurore de Enrique Fernández; Marieta de Nob, El Gran Muerto de Loisel, Djian y Mallié…), mientras que seguimos sin poder disfrutar en castellano -qué se le va a hacer, paciencia- de la inmensa mayoría de los que llamaron poderosamente mi atención.


Uno de los que me gustaría ver por estos lares alguna vez es una serie dirigida en principio a un público juvenil (o no tan joven, si nos atenemos a la temática), premiada en varios festivales allende los Pirineos, que Editions Glénat viene publicando en la colección Vent d'Ouest desde 2009. Se trata de Les quatre de Baker Street, con guiones elaborados a la par por Jean-Blaise Djian y Olivier Legrand y el magnífico dibujo de David Etien.


Al igual que ha ocurrido este año -con Les Orphelins de Londres, el cuarto volumen-, uno de los álbumes de la serie había sido nominado al Prix Jeneusse -el tercero, Le rossignol de Stepney-. La longitud de las colas de aficionados que se montaban en el stand de la editorial para conseguir la preciada dedicatoria de sus autores poco tenía que ver con este hecho y mucho con la calidad del dibujo, minucioso y detallista, la recreación de una época mítica, la victoriana, y el desarrollo de aventuras que giran alrededor de un personaje literario carismático donde los haya: Sherlock Holmes.

 

Cualquiera de los acérrimos seguidores del gran detective hubiera caído en la humana tentación de hacerse con los álbumes y conocer a los cuatro protagonistas que colaboran con él en la resolución de aquellos “casos” que precisan de su incursión en el peligroso submundo de los bajos fondos del East End londinense, poblado de niños abandonados, mendigos, prostitutas, rufianes y granujas de la peor calaña, un submundo de pobreza endémica, callejones oscuros y antros de lo más variopinto -tabernas, burdeles, cabarets...- que estos aprendices de detective conocen tan bien. Tres niños de diferentes orígenes que se unen a un grupo especial, el de los Irregulares, los peculiares ayudantes de Holmes, y un pequeño gato atigrado llamado Watson.

 

El locuaz y reflexivo Billy Fletcher, que tras la muerte de su madre había estado durante años bajo el cuidado de la vieja Sally, una prostituta de trágico final con graves problemas con el alcohol, es quien mejor ha aprendido a poner en práctica las técnicas de observación y deducción de Holmes, mientras que el enérgico e impetuoso irlandés Tom de Kilburn, Black Tom, uno de los mejores ladronzuelos que trabajaban para Patch, el Rey de los Mendigos, hasta que tuvo la mala idea de abandonarle para buscarse un futuro mejor y una mayor independencia, prefiere utilizar otros métodos más drásticos y contundentes. El contrapunto entre tan dispares personajes lo pone sin duda el resolutivo y dulce Charlie, que esconde un secreto que todos parecen conocer y que difícilmente puede mantener sin poner en peligro su integridad. Y es que Charlie es en realidad Charlotte, aunque no le gusta en absoluto que se lo recuerden, casi tan poco como que su madre se halla recluida en un centro para enfermos mentales.

 

Si bien en esta ocasión Holmes y el doctor Watson no son sino meros elementos secundarios del relato, son necesarios para situar la acción en un momento dado, en un contexto histórico y geográfico determinado, el del Londres de 1889. Su presencia es más que evidente en el transcurso de la trama o sería mejor decir su ausencia, ya que cada investigación se inicia con una visita de los integrantes del equipo al 221bis de Baker Street en busca de instrucciones precisas o un plan efectivo que permita resolver el caso que se plantea. Sin embargo, ni Holmes ni Watson suelen estar cuando se les necesita y es frecuente que la señora Hudson reciba a los pequeños ayudantes con el mismo mensaje, que ambos han iniciado una nueva investigación y estarán fuera unos días.

 

Es entonces cuando a los jóvenes les toca agudizar su ingenio para llevar a buen término la misión, cuyo éxito evidente bien puede comprobarse en la reunión con la que concluye cada una de las historias y que permite a “Les quatre” acabar con las reservas de la despensa de la abnegada señora Hudson y a Holmes -cada vez más obsesionado con su archienemigo, el profesor Moriarty-, atar los últimos cabos sueltos, aunque para ello tenga que recurrir a otros personajes no del todo desconocidos para los lectores, como el inspector Lestrade, Mary, la esposa del doctor Watson, o su hermano Mycroft, un destacado miembro del gobierno de su graciosa majestad.

 

Las historias de Olivier Legrand y Jean-Blaise Djian, que se inició como guionista a finales de los años ochenta con nuestro admirado Règis Loisel, el mismo con el que ahora coguioniza El Gran Muerto, publicado en nuestro país de manos de Planeta DeAgostini, nos ofrecen una imagen del Londres de finales del siglo XIX tal y como el colectivo lo ha ido imaginando tras las lecturas de Dickens y Sir Arthur Connan Doyle, en las que se introducen temas como la prostitución, la compraventa de menores, los movimientos obreros y anarquistas o la diferencia de clases. De este modo los relatos tienen siempre un trasfondo histórico y social que va más allá de la mera anécdota y que el lector adulto percibe en una lectura distinta a que haría uno más joven.

Sin embargo, los hechos que se narran -jóvenes raptadas obligadas a ejercer la prostitución en un burdel frecuentado por rufianes de la alta sociedad; prostitutas asesinadas a la manera de Jack el destripador; jóvenes exiliados rusos perseguidos por la policía secreta zarista a causa de sus ideales de justicia social; el amor entre clases sociales distintas; la extorsión y la violencia; el problema de la pobreza y de los niños que viven en la calle en un ambiente poco propicio; los problemas con Irlanda...-, no serían los mismos sin la magnífica aportación del dibujo de David Etien.

 

Este joven dibujante ha conseguido con su segundo trabajo -el primero fue un western protagonizado por Chito Grant, con guión de Djian- recrear una perfecta ambientación de la época victoriana gracias a una prolija tarea de documentación en la que no han faltado ni las fotografías ni la filmografía sobre aquellos años. El dibujo y el color de David Etien confieren a las escenas una luz especial, incluso en los escasos flashbacks, en los que se perciben los pequeños cambios que explican las breves incursiones en el pasado. Sus viñetas, con decorados muy detallados y muchas escenas secundarias, están llenas de acción, picados, contrapicados y primerísimos planos que confieren a la narración un dinamismo muy próximo al de la animación, un lenguaje fascinante que explica la gran cantidad de seguidores que tiene la serie.

Seguidores que contribuyeron a que fueran necesarias tres largas colas en tres largos y desesperantes días para que al final, el último día -y gracias a la inestimable colaboración de EduXavi, como siempre-, consiguiera mi ansiada dedicatoria.


Tres fueron también los álbumes que me traje, los publicados desde 2009 hasta enero de 2012 (L'affaire du rideau bleu, Le dossier Raboukine, y Le rossignol de Stepney), si bien desde entonces ha aparecido Les orphelins de Londres y está pendiente de publicarse próximamente el quinto, Le Monde des Quatre de Baker Street, que espero tener pronto entre mis manos..., aunque sea en francés.