lunes, enero 11, 2010

CRÍTICA: UN ZOO EN INVIERNO de Jiro Taniguchi

En poco espacio de tiempo parece que se está poniendo de moda publicar en nuestro país autobiografías, más concretamente los primeros años de grandes mangakas. Si hace poco leímos una magnífica obra de la mano de Yoshihiro Tatsumi, Una vida errante (Astiberri Ediciones), ahora le toca el turno al maestro Jiro Taniguchi en esta obra publicada por la Editorial Ponent Mon y que tiene por título Un zoo de invierno.

Volvemos a disfrutar de otra historia personal e intimista del maestro Taniguchi, y esta vez contándonos, de una manera muy peculiar, sus propias vivencias y primeros pasos como aprendiz de mangaka, con sólo 19 años de edad, formando parte del equipo del maestro Kondo (en la vida real este maestro fue Kyota Ishikawa), cinco años de continuo e intenso trabajo previo de formación para conseguir ser el dibujante tan respetado y reverenciado que es hoy en día, no solo en Japón sino también en toda Europa. Naturalmente, una historia que mezcla claramente realidad con ficción, una forma velada de contar su propia vida en viñetas.

Bajo el pseudónimo de Hamauchi (al igual que ocurría en Una vida errante, donde Tatsumi utilizaba el pseudónimo de Hiroshi, como si ambos autores consideraran que no deben poner nombres reales en el relato al haber partes de la historia que son ficticias de alguna que otra manera), conocemos la historia de un joven nacido en Tottori que se ganaba la vida en su trabajo de comercialización al por mayor de prendas de vestir y complementos en la ciudad de Kyoto. Pero como siempre ocurre en los primeros trabajos de uno, por motivos puramente alimenticios y de subsistencia, y no pudiendo demostrar su arte en el diseño de prendas como era su intención primera al trabajar allí y gracias a la intercesión de un amigo suyo de facultad, deja su trabajo para viajar a Tokio y ponerse bajo el auspicio del maestro Kondo en su estudio de manga y formar parte del pequeño equipo como entintador del maestro.

En paralelo a esta historia de constante aprendizaje y evolución, nos cuenta sus propia vida de esos años y sus experiencia en el ámbito de lo privado en sus primeros años como residente en la gran megalópolis de Tokio de un joven de provincias, sus primeros escarceos amorosos y el descubrimiento de la vida nocturna y bohemia de la gran capital nipona.

Y, como no, una de las tónicas presente en muchas de las historias de Taniguchi es el tratamiento de los sentimientos que afloran en las personas cuando alguien cercano al protagonista tiene problemas de salud o los recuerdos del mismo le retrotraen a tiempos pretéritos donde un duro golpe pudo transformar su vida o ser causante de un enfoque diferente de su vida de cara a un futuro cercano. Taniguchi es el gran maestro nipón de los sentimientos a flor de piel.

El título de esta historia viene a cuento del zoo de Kyoto que nuestro protagonista visitaba asiduamente y donde ponía a prueba su amor por los animales (una de las características fundamentales en gran parte de su obra) y, de paso, constante motivo de formación al estudiar a los mismos en innumerables bocetos al natural.

El dibujo que nos ofrece Taniguchi es el mismo al que estamos acostumbrados de este genio del noveno arte. Detallismo hasta la exasperación, realismo palpable que lo diferencia de la mayoría de los mangakas, fondos y escenarios cuidados hasta el mínimo detalle para dar verosimilitud a la historia, ritmo narrativo ralentizado para dar esa sensación de pausa y sosiego que caracteriza cada uno de sus relatos… todo ello ayudado de un uso del ordenador para crear los efectos buscados y un apoyo constante de las fotografías para la creación de los fondos requeridos para la trama. Como muy bien nos demuestra en esta historia, el trabajo en equipo de varias personas en un pequeño estudio es fundamental para la correcta entrega semanal del trabajo y posibilitar la alta producción del exigente mercado del manga. Taniguchi actualmente se ayuda de un par o tres de ayudantes para finalizar lo que son los fondos y detalles de sus bocetos originales, así como el entintado final, siempre bajo su directa supervisión trabajando en el mismo lugar maestro y ayudantes codo con codo. Al igual que podemos ver en esta obra, pero con los papeles cambiados en sus inicios en este mundillo allá por la década de los 60.

Por lo tanto, una obra más que guardar en la saca o, mejor dicho, colocar en la estanteria junto a la innumerable obra publicada ya en nuestro país de Taniguchi, nuevamente de la mano de Ponent Mon, una pequeña editorial que en su momento apostó fuerte por este autor (del que ya conociamos su extraordinaria obra de El almanaque de mi padre de la mano de Planeta DeAgostini en su Biblioteca Pachinco allá por el 2001), saliéndole primorosamente la jugada y ganándose al público español como uno de los autores más admirados por todos y de los máximos representantes, hoy por hoy, del manga seinen dentro de la temática más personal e intimista.

Un saludo cordial.