martes, abril 03, 2007

ATRAVESADO POR LA FLECHA de Luis Durán

Me gusta Luis Duran. Lo puedo decir ahora con conocimiento de causa. Ya me gustó El viaje de Gasparetto, pero como tengo la mala costumbre de repetir cuando algo me ha dejado verdaderamente impresionada (más que nada para convencerme de que el buen hacer no tiene nada que ver con la casualidad), me decidí a agenciarme otro de sus trabajos.

Pero claro, Nuestro verdadero nombre, Vanidad, Antoine de las Tormentas, Tierra Negra, Caminando por las colinas de arena, … ¿por cuál decidirme?, todos eran interesantes historias de la Edad Media, de piratas, de indios…

Acabé eligiendo Atravesado por la flecha, editado por Astiberri en su colección El sillón orejero, en 2002, que obtuvo el Premio al Mejor Guión en ese año en el Salón del Cómic de Barcelona.

Con su habitual dibujo en blanco y negro, un lenguaje casi cinematográfico, una narración en primera persona en la que la acción sigue un orden lineal y partiendo de hechos y personajes históricos (el Duque de Orleáns, Carlos el Temerario, y la batalla de Morat, con cruenta derrota incluida, existieron realmente), Luis Durán da credibilidad a la historia de Bernard de Claire, un personaje que ya era especial cuando su padre, un herrero de Dijon, lo llevó de niño a la abadía benedictina de Saint Germain de Auxerre en donde, por su aptitud para el dibujo, se le hizo entrega de un libro en blanco para que lo rellenase de imágenes apocalípticas y símbolos oníricos sacados de sus propios sueños; lo era cuando, a la muerte de su padre, tuvo que abandonar la abadía, con su libro como único equipaje, para continuar con su oficio de herrero hasta que a los 18 años comienzan las guerras y no tiene más remedio que incorporarse al ejército de su señor; lo era cuando supo ganarse el respeto de sus compañeros por su valor en el campo de batalla y lo seguía siendo cuando, tras ser herido en el pecho por una fecha durante el asedio y ante una muerte segura, decide desertar “de una guerra para iniciar otra … contra el mundo”, mientras el Duque de Orleáns, a quien sirvió fielmente, despechado por una afrenta que puede desmotivar a la diezmada soldadesca, hace partir tras él al Caballero Langedoc, pero también a dos crueles sicarios cuya única pretensión es adelantar su muerte; y, evidentemente, lo era cuando inicia, a la cabeza de la multitud que se aglutinaba alrededor de su mortal herida, el viaje hacia un paraíso fuera del alcance de las guerras y las enfermedades que Donatus había creado en su imaginación, que nadie había visto nunca pero en cuya existencia todos creían ciegamente.

Y es que Luis Durán es un experto en crear personajes extraordinarios y fuera de lo común. Se nota que sus protagonistas nunca son como los demás y esa diversidad les hace ser excepcionales; como bien menciona Óscar Palmer en la introducción de Atravesado por la flecha, son “un catálogo de hombres al margen (aunque no marginados)”.

La historia te engancha, supongo que porque soy una apasionada de la Edad Media y aunque ahora tienda hacia intereses más “negros y criminales”, ello no es óbice para que, de tanto en tanto, me recree en ese mundo tan oscuro como fantástico en el que siempre encuentras una abadía benedictina con monjes que saben tanto de astronomía como de “Ora et Labora”, con el asedio a un imponente castillo, con una batalla perdida de antemano en una guerra cruenta, con caballeros y soldados, señores y vasallos, trovadores, saltimbanquis y zíngaros, héroes, mitos y leyendas, zíngaras o no, e incluso ese “no se qué” de herético que tiene el poder de convocatoria del protagonista.

Supongo que los dibujos de Bernard me recordaban a los de los Beatos; que la batalla de Morat para los franceses y Murten para los suizos (1476) me recordaba a otra batalla perdida, la de Muret (1213), porque ambas, salvando las distancias, acabaron favoreciendo los intereses de la monarquía francesa; que el asedio al castillo de Morat me hacía imaginar otros asedios, como el de Carcassonne y el de Montségur; incluso el nombre del protagonista, Bernard de Claire, se me antojaba un reflejo de otro Bernardo, Saint-Bernard de Clairvaux, mientras que el del Caballero Langedoc, el único personaje que parece mantener la sensatez a lo largo de todo el cuento, me llevó a recrearme en el viaje que hice al Midi francés, a la Occitania, con la que nos unía no sólo una historia común, sino también una lengua de características afines, la “langue d’oc”.

Los dibujos no tienen la ingenuidad de El viaje de Gasparetto. La temática requiere rostros curtidos y miradas llenas de dolor (es la guerra, y la muerte que nos viene al encuentro), pero también la esperanza reflejada en aquellos que, abandonando cuanto poseen en pueblos y aldeas, siguen a la comitiva. Las escenas ganan en detallismo; Durán sabe recrear los combates, la vida en el campamento, los ropajes, las máquinas de guerra; el interior de la taberna, el carromato de los zíngaros, los paisajes por los que transcurre el viaje de los protagonistas hacia el paraíso mágico, ... y es que es recurrente esa idea del eterno viaje, esa lucha por recuperar la infancia perdida y escapar del destino impuesto, enfrentarse al conflicto que supone crecer, al olvido de los sueños, …

Los símbolos, esos son los que más me sorprenden: hojas de nomeolvides que se dejan caer en todas las páginas para que Bernard recuerde sus sueños que se olvidan al crecer; el caracol, en la mano de Hoja y dibujado por las estrellas; los huesos de muertos que leen el destino; las cruces, las caracolas y los cangrejos junto a la orilla de un mar desconocido (que caminan hacia atrás en el espacio, pero aquí también en el tiempo), casi llevados por esas olas rizadas tan características de Durán; el sempiterno jinete embozado que los zíngaros identifican con Manoch Paním, cuya alma vaga en la oscuridad y guía a los niños por el mundo de los sueños y les indica el camino para salir de las pesadillas.

A pesar de todo, podéis estar seguros que el final del cuento, no por más previsible, deja de ser menos conmovedor.

3 comentarios:

José Andrés dijo...

Opino lo mismo, lo que pasa es que a mí me dejo más frío.
Si vienes a BCN, espero que te traigas un carrito de la compra, ya que te prepararé por lo menos de 10 a 12 libros para que te lleves y no se acabe tu lectura y la de los tuyos. Ya hablaremos ..
Y si por casualidad, no pudieras venir, se lo cargaré a alguno de tus compinches.
Buena Semana Santa,
Vuestro Amigo,
José Andrés

Padma. dijo...

Luis Durán es mi gran favorito, y de sus libros estoy entre éste y La ilusión de Overlain, son los dos que mas me impresionaron :)

Susana dijo...

Pues ya somos dos, Padma. Ahora, después de tanto tiempo sin saber de él, ha vuelto con un nuevo trabajo, Una colmena en construcción, que no deberías perderte. Te sorprenderá, seguro.