viernes, mayo 11, 2012

DUEÑOS DEL DESTINO de Guillem López

¿Cómo presentaros “Dueños del destino” de Guillem López (Editorial AJEC, 2011)? ¿Cómo hablaros de esta novela, segunda parte de “Leyenda de una era”, continuación de “La Guerra por el norte” (leer reseña aquí) para no caer en tópicos ni en típicas alabanzas de una entusiasta de Guillem López? He puesto muy buenas expectativas en “Dueños del destino” pero sé que en las segundas partes se suelen poner demasiadas, sobre todo si la primera parte te ha gustado. “La Guerra por el norte” es de lo mejor de la fantasía épica española pero es que “Dueños del destino” es mejor. Me explico. En las primeras partes el autor pone todo su saber, su arte, su ilusión y corazón en un proyecto novel que no sabe cómo será acogido. En las segundas partes ya sabe este resultado y puede relajarse y escribir, más o menos bien, esperando el desenlace de la historia, o bien intentar mejorar esa obra, escribir mejor, desarrollar la historia, seguir desenvolviendo la trama, cuidar los personajes, en definitiva, dar mayor profundidad y creatividad a la historia: eso precisamente ha hecho Guillem (permíteme el tuteo, eres de casa). Tanto si es la segunda parte de una trilogía, o aún habrá otra parte, Guillem no ha pasado un mero trámite para acabar la obra. También se ha hecho un esfuerzo en la edición del libro: cómo no fijarme en un hermoso mapa a color de estas tierras en guerra y en esos otros mapas de lugares más concretos, que son una buena guía. Tiene además dos glosarios: uno de personajes y otro sobre fonética y medidas. Tanto la editorial como Guillem se han preocupado en poner especial cuidado en esta segunda parte. Y no me olvido de la portada: una impactante e inquietante ilustración de Calderón Studio.

El primer capítulo es ya suficientemente intrigante para seguir la lectura. En un páramo muerto, al norte, un viejo ermitaño, de vuelta de todo, recibe la visita de un monje que quiere expiar sus culpas. El ambiente, seco, desolado, triste, sin vida alguna, está muy bien compuesto. También el carácter de los dos personajes: uno resignado a su muerte y el otro, joven con ansias de superarse. Pero es la realidad, dura y cruel, la que abarca todo: es el fin de las tierras conocidas y han surgido los viejos fantasmas. Seres malignos, de pesadilla, han reaparecido para matar, solo matar.

 Mapa del Norte

Así arranca la acción y continúa enlazada con el anterior tomo. La historia continúa en la guerra desarrollada por el norte, en la Orden de Vanair, en los pasillos del Lévvokan, en los druidas y su visión del mundo. Pero sobre todo, y eso es lo mejor, en los personajes. Personajes como el príncipe Browen Levvo que se nos presenta como un guerrero con dudas sobre la política, la legitimidad de toda guerra, la hipocresía. Llevar el peso de la lealtad a su padre y a su reino, pero también la maldición de la traición en su familia. Él es leal y valora cumplir su misión, su deber, pero ahora se debate entre lo que su familia espera de él y lo que se teme de él: la traición a su padre, como éste hizo con el suyo. Además se ha enamorado de quien debía ser su esposa de conveniencia y eso sabe que le acarreará problemas a su prometida.

Su hermana Anja se ha convertido en una pieza importante para la política, digamos interna de su madre: la educa y prepara para que tome el poder detrás de su esposo. Pero la princesa Anja es algo más: quiere conocer el poder de los antiguos, convertirse en verdadera bruja, ya iniciada por el desaparecido Rághalak. Toma una evolución diferente a la organizada por su madre, no se conforma con ser una pieza más. En este punto coinciden los hermanos Levvo: son distintos de lo esperado en ellos y acciones no previstas cambiaran el desarrollo de la historia y de la guerra. Y Guillem nos lleva paso a paso a ver esta diferencia, esa evolución de unos príncipes educados para un fin, una misión, que se debaten entre el deber con su familia y sus propios deseos y conciencia.

Los razaelitas, Kali, la muchacha, y Eadgar, el chico, son parte esencial en la historia. Ambos poseen gran poder y ambos son buscados. A Kali la quiere proteger ella, Adjiri de Rondeinn, por eso envía a Trisha. Siempre ha sido una solitaria, su padre se ha encargado de ello al huir constantemente para protegerla, al tiempo que la considera maldita. Kali no entiende el por qué de su poder, ni por qué le pasa a ella. Cree que su poder es maldito y por lo tanto ella misma, no confía, no cree en ella misma. Intenta ayudar, hacer el bien. Trisha y los demás la intentan proteger pero el contacto con los monjes de Vanair le llevan a pensar que dios tiene una misión para ella, que está marcada. Esta situación le lleva a un desenlace inesperado: “Es mi destino, dios lo quiere”.

Eadgar ha huido lleno de rencor, todos se han aprovechado de él, de su poder. También es buscado pero a él no le importa usar su poder para protegerse y hacer daño a quienes le presionan o contradicen sus opiniones. A lo largo de toda la historia, Eadgar ha cambiado a un joven déspota, cruel y sin remordimientos, con un carácter agrio, cínico, desesperado que le da igual la guerra o la paz. Siempre recuerda su niñez y cómo todo el bien que hacía con su don era atribuido a otros o bien se beneficiaba gente sin escrúpulos. Sigue su camino, sin rumbo ni ideales. Quiere que le dejen en paz y no quiere la protección que se le ofrece. Mardha, la bruja enfrentada a los druidas, lo quiere atraer para luchar contra ellos y lo acaba de corromper.

Las Casas de Misinia, Aukana y Bremmaner

Guillem trata la psicología de estos jóvenes con gran maestría porque comprendemos sus dudas, sus reparos, sus miedos, entendemos la rabia y el odio de Eadgar, la indecisión y pesar de Kali. No nos gustarán algunas decisiones ni como puedan actuar, pero sí sentimos por ellos todo el dolor pasado, la pena que ambos sienten por ser diferentes. Queremos ayudarles a tomar las decisiones más correctas o cómodas. Pero ellos son los que deben decidir sobre su don, su futuro y su destino.

Los druidas van tomando importancia. Dagir La ve la destrucción de su mundo, del bosque, pero también de todo el Mundo. Observa como las alianzas y el apoyo se pierde. El bosque va muriendo y él lo sabe y sufre con su muerte, con la irracionalidad del Hombre. Porque todo está unido: el bosque y el mundo, los seres que los habitan. Sabe que debería haber actuado antes para ayudar a los “diferentes”, para evitar toda esta destrucción. Ahora su intervención deberá ser directa y cuenta con los otros druidas y la protección y colaboración de Ela Adjiri. Pero viejos miedos y leyendas se hacen realidad y Mardha, la bruja del bosque, también está en su contra.

En cuanto a los monjes siguen las intrigas por tomar el poder: de las dos facciones, una bajo las órdenes del rey y la otra con el deseo de recuperar su prestigio e influencia. Unos declaran herejes a los otros, las influencias políticas se agudizan, la Inquisición sigue actuando. Pero también en la Orden de Vanair la lealtad y la traición se separan con un fino hilo. Son monjes guerreros que acatan órdenes y por eso no sienten escrúpulos ante la masacre de todo un pueblo, ante la orden de matar a traición, eso sí, todo en nombre de su dios. Anair se ha separado de la Orden y forma los llamados “perros de Vanair”. Tiene un carácter ladino, “inquisidor” y tremendamente astuto. Conspira, promete lealtades y busca en los antiguos textos prohibidos el origen de la Orden, de su religión a un dios guerrero. Sus estudios le llevarán a una gran sorpresa y sus maquinaciones a un desenlace, totalmente inesperado y poco previsible por el lector. Guillem nos lleva de la mano por las sinuosidades de su carácter, de sus reflexiones y actos porque muchas veces no sabemos si este inquisidor quiere proteger o quemar en la hoguera a la joven Kali.

Un gran tema que desarrolla Guillem es la lealtad/traición. El aukano Kregar de Kjionna traiciona a su rey en favor de los misinios para obtener una corona, pero traiciona a los humanos en una alianza mortal con los ogros, desterrados al norte hace siglos por los druidas. En la capital aukana, Kivala, la reina viuda Ikaris se siente traicionada por la huida de su hija, por la acción de los nobles pero, ante todo, por la poca lealtad que sienten los aukanos por su patria, por sus tierras: las casas nobles solo quieren poder medrar y confabulan con Kregar y entre ellas mismas. Las duras palabras de Ikaris sobre la miseria de estos nobles (un gran alegato por la dignidad y lealtad) acaban siendo realidad: ella y su hermano Majal son traicionados. Esta situación la trata muy bien Guillem: nos da todas las visiones posibles, de la reina, de su hermano, de los nobles, de los consejeros, de la princesa huida y, cuando ha unido todas las piezas, nos da un resultado inesperado y sorprendente.

La lealtad prevalece en la actitud de Earric de Bruswic. Está declarado hereje y proscrito pero vuelve a su casa familiar por sentir ese deber hacia ella. En su persona se refleja de nuevo el peso familiar, la herencia que todos llevamos dentro. Siente que les ha fallado y quiere remediar la situación al ponerse en manos de su hermano. Ha aceptado su responsabilidad y deber para con Dios y su familia. La unión de los dos hermanos ante circunstancias tan adversas la muestra Guillem con una gran naturalidad, sin dramas, pero con un profundo sentimiento que te hace sentir la satisfacción de estar allí, con ellos.

Los Campos Aukos y el sur de Aukana

En la presentación del libro Guillem nos dijo sin arrogancia, con naturalidad, que creía haber mejorado como escritor. Y es verdad, ha crecido en sus descripciones, ambientaciones, metáforas, en general, en todo el uso del lenguaje. La descripción de batallas y combates son de forma realista pero no truculenta, no se complace en explicaciones morbosas ni macabras. Las descripciones de los personajes, sobre todo si aparecen por primera vez, son claras, concretas y te da todos los rasgos tanto físicos como morales justos para que te puedas hacer una composición real del personaje. Capta la psicología de los personajes, tanto reyes y nobles como gente del pueblo porque planea muy bien sus estados de ánimo, sus meditaciones, positivas o negativas, sus inseguridades, sus vacilaciones morales o políticas, los problemas de lealtad o deber.

Consigue unas ambientaciones muy logradas: la rudeza de un campamento de guerra, la belleza de una ciudad al atardecer, el horror de las celdas de castigo. Una que me gusta mucho es la que logra en el condado de Bruswic con una situación de pre-guerra con empalizada, sacos de provisiones, acarreo de agua, la quietud y el quehacer diario de un pueblo que se rompe con la llegada de noticias y la aparición de Earric.

Tiene una gran habilidad para mezclar lo heroico con lo familiar, lo tétrico con lo ridículo (como la entrada “triunfal” del bardo Pykewell en una posada), el terror con tiernos sentimientos. Atrae al lector hacia la acción y a los personajes con metáforas poéticas (“Las hojas de los arbustos cercanos se contoneaban con un susurro y sus hojas reflejaban la momentánea caricia de la luna, como un silencioso beso de plata”), aterradora (“En sus labios, la advertencia se volvió amenaza, sutil, de la misma forma que el hielo se quiebra bajo los pies del incauto que cruza un río empujado por las obligaciones de la lealtad”) o bien totalmente realista: “Un centenar de tiendas salpicaban los verdes campos, cubiertos de cicatrices sangrantes de barro oscuro”. ¿Qué mejor manera para describirnos con pocas palabras la devastación que provoca un campamento de guerra?

Y también es verdad que los capítulos, su estructuración interna y su organización total hacen que la lectura sea rápida, ávida, atraiga la atención, “te quite horas de sueño”, porque te metes tanto en la historia que no sabes, ni quieres, cortar.

Yo había pretendido un comentario de una obra de un amigo, que me ha gustado mucho y que quería compartir con vosotros. Pero me he extendido entusiasmada y ahora me doy cuenta que, tal vez, me he quedado corta porque hay detalles, escenas, que hubiera podido comentar más. Así que resumiendo: Guillem López sí ha mejorado... “Dueños del destino” es una gran novela y no os la podéis perder. Y ya está bien: a leer y hasta pronto.