lunes, octubre 20, 2008

LOS HERMANOS NEGROS de Hannes Binder & Lisa Tetzner

Una de esas lecturas que sorprenden porque tienen tras de sí una historia tan larga como la que cuentan es, sin duda, la adaptación, publicada por la Editorial Lóguez en septiembre del año pasado, que Hannes Binder ha hecho de la obra homónima de Lisa Tetzner, Los Hermanos Negros.

En 1933, debido a sus opiniones antifascistas, contrarias a la ideología nacionalsocialista imperante en Alemania, Lisa Tetzner (1894-1963), escritora de literatura infantil y juvenil y considerada en su época como una de las mejores narradoras de cuentos alemana, se exilió junto con su marido, Kurt Kläber, a Suiza, fijando su residencia en Carona, ciudad próxima a Lugano.

Autora de un libro en el que reflejaba la vida cotidiana en la Alemania nazi desde la perspectiva de los niños “Los niños del nº 67. Una odisea infantil”, Tetzner solía basar sus cuentos en las circunstancias sociales que le tocaba vivir o en relatos surgidos de la Historia en mayúscula, de pequeños fragmentos de microhistorias que recreaban un pasado convertido en una realidad que superaba la ficción, como en la tan manida frase.

Como bien nos cuenta Amalia Bermejo en su interesante artículo "¿Olvido o rechazo? Lisa Tetzner en España", la autora se basó en una antigua crónica titulada “Pequeños esclavos suizos” que contaba las experiencias de niños suizos, procedentes de aldeas de montaña, que a mediados del siglo XIX eran vendidos por sus padres para trabajar en Milán como aprendices de deshollinador, una ardua tarea para la que se requería el pequeño tamaño de aquellos niños de 13 años que, desnutridos y enfermos, rara vez regresaban a casa para contar su odisea.

Partiendo de este relato de tradición local, Lisa Tetzner publicó en 1940 Los Hermanos Negros, una narración de más de quinientas páginas que cuenta las aventuras y desventuras de Giorgio, un niño que, por las adversas circunstancias económicas de su familia, se ve obligado a abandonar Sognono, un pueblo sin futuro en el Valle del Verzasca, para marchar a Milán, ligado a un contrato de aprendiz de deshollinador.

Los pequeños deshollinadores y su conmovedora existencia en ambientes similares a los recreados por Dickens en sus novelas, se han convertido con frecuencia en tema literario: han sido los protagonistas de poemas de William Blake, de una ópera para niños escrita por Benjamín Britten, e incluso de un cómic, Koma, publicado por la Editorial Dibbuks, con guión de Pierre Wazem y dibujo de Frederik Peeters, cuyo personaje principal, la entrañable Addidas, ayuda a su padre en su trabajo como deshollinador, adentrándose en el misterioso mundo que se esconde en el interior de las chimeneas.

En este país, la Editorial Noguer publicó en 1961 la obra de Tetzner en sendos volúmenes, con ilustraciones de Theo Glinz, no teniendo una gran aceptación por aquel entonces una temática como la que se desarrolla en la novela. Quizá no era el momento idóneo para leer sobre la esclavitud, la explotación infantil, la inmigración ilegal, las pateras, los maltratos...

Ha habido que esperar casi 50 años para que el ilustrador suizo Hannes Binder adaptara la obra original de Lisa Tetzner. Binder, a quien conocemos en el mercado español por El viaje de Kuno, publicado por la Editorial Libros del Zorro Rojo el pasado mes de marzo, se dedica desde hace años a adaptar los clásicos de la literatura suiza y a ilustrarlos con sus grabados, si bien hasta el momento se había centrado en las obras de género policíaco de Friedrich Glauster, así que no le falta experiencia en este campo.

Con un estilo directo y utilizando un tiempo verbal que nos la hace más próxima, la historia de Giorgio comienza aquel verano de 1838, cuando las circunstancias familiares le permitieron escapar al que sería su destino a corto plazo y continuar ayudando a su madre en las tareas agrícolas. Al año siguiente, cumplidos ya los 13, un invierno frío, un verano seco y la necesidad de pagar al médico que debía atender a su madre enferma, obligaron a su padre a venderlo por 20 francos al hombre de la cicatriz en la cara, el mismo que debía llevarlo a Milán durante medio año para trabajar en condiciones de extrema dureza como aprendiz de deshollinador. Dejando atrás a su familia y a su amiga Anita, Giorgio atraviesa las montañas del Tesino hasta Locarno, cruzándose en su camino con hombres y mujeres que, cargados de fardos, se dirigen al mercado semanal que se celebra en aquella ciudad. En el trayecto se encuentra con Alfredo, un niño huérfano de su misma edad que también se dirige a Milán, aunque por razones muy distintas a las suyas. Juntos llegan a la bulliciosa ciudad y con otros que como ellos se han visto obligados a abandonar su aldea suben a un bote destartalado con el que los traficantes pretenden hacerles cruzar el Lago Maggiore y llevarles ilegalmente hasta la costa italiana. Pero una tormenta hace naufragar el bote y únicamente los dos amigos y el hombre de la cicatriz consiguen salvar su vida.

Sin embargo, la historia no ha hecho más que comenzar. El traficante ha conseguido su propósito, llevarlos hasta Milán, donde los maestros deshollinadores pagan un alto precio por ellos, obligándoles a vivir y trabajar en unas condiciones deplorables, de las que difícilmente podrán salir inmunes sin el hermanamiento con los que son como ellos.

A pesar de su dramatismo, Los Hermanos Negros es una historia amable, llena de confianza en el futuro, con un tono optimista y un final feliz, como el que se supone que deberían tener la mayoría de los libros infantiles, aunque enfermen y mueran los amigos a los que se permanece ligado para siempre por promesas de obligado cumplimiento. En el fondo es la historia de un niño con suerte: porque a pesar de su desgraciada existencia y de tener que abandonar a su familia en una edad crucial, a pesar del duro trabajo y del maltrato y la humillación a que le someten la despiadada señora Rossi, la esposa del maestro deshollinador, y su hijo Anselmo, Giorgio tiene la suerte de salvar su vida y de encontrar a Angeletta, a los “Hermanos” y al doctor Casella, que le animarán a dar el paso fundamental que hará cambiar su destino.

A doble página, página entera o en pequeñas viñetas que acotan el texto, Binder utiliza sus magníficos grabados para mostrarnos mundos llenos de contrastes, para sustituir las palabras de Tetzner y convertirlas en imágenes en blanco y negro capaces en sí mismas de mostrar, a vista de pájaro, las escarpadas montañas, los profundos valles del Verzasca o los caudalosos ríos crecidos por las últimas lluvias torrenciales, y de describir con minucioso detalle el ambiente rural de inaccesibles pueblos de las montañas suizas y los agrestes paisajes por los que transcurre Giorgio en su camino hacia Locarno, el bullicio de la ciudad su mercado, las agujas de la catedral de Milán, sus bellos edificios, el interior de hogares llenos de música y libros, las chimeneas humeantes en cuyas paredes se acumula el hollín incandescente que deberán arrancar al grito de ¡Spazzacamino!, adentrándose en el interior de un mundo oscuro que les tizna el cuerpo de negro y les ennegrece los pulmones y el alma...

Una de esas lecturas emotivas que son recomendables a cualquier edad.

6 comentarios:

Jolan dijo...

Me dejas con ganas de echar un vistazo a esta obra. Estupendo artículo!

Susana dijo...

Gracias por tus palabras, Jolan. Me alegra haber picado tu curiosidad. En realidad buscamos eso cuando compartimos las lecturas que nos han gustado, que los demás puedan disfrutar de ellas como nosotros lo hemos hecho.

Anónimo dijo...

Lo lei en los 60 y me gusto muchisimo. Quizas fuese el libro que mas marcó mi juventud.

Anónimo dijo...

Realmente es una obra estupenda, les recomiendo leerla, ese libro fue el primer leido en mis años de niñez y me marco para bien. cql

Jep dijo...

Hola Susana,
Solo puedo decir que durante mucho tiempo era mi libro de cabecera. Lo leí saliendo de mi niñez, entrando en la adolescencia y me marco hasta nuestros díasy sigo los dos volúmenes como un pequeño tesoro.

Xaquín dijo...

Tengo 50 años y leí este libro con 12 o 13. Todavía me veo en un rincón de mi casa leyéndolo de un tirón; fue empezar y no poder dejarlo. Junto con la trilogía "La lucha por la vida", de Pío Baroja, que leí con 16 años, fue decisivo en la forja de mi sentido de la justicia social. Pero a diferencia de Jep, yo no lo conservo. Se lo regalé a mi primer ahijado cuando ya abandonaba la infancia. Y al segundo también, después de rebuscar sin parar por librerías de viejo hasta encontrarlo. Un recuerdo imborrable.